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Tabaco transgénico y guerra comercial

 

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por Sergio Cecchetto

VOLUTAS DE HUMO: Tabaco transgénico y guerra comercial

Publicación gráfica: revista Relaciones (Montevideo, Uruguay) N° 216, mayo 2002: pág. 25 y 26.

 

El cultivo del tabaco fue originariamente patrimonio de algunas tribus aborígenes sudamericanas y se remonta a varios miles de años antes de la llegada de los europeos a estas tierras. Para entonces casi todos los grupos –del Mississippi al sur patagónico-  empleaban las hojas de la planta, ya fuera fumándolas, masticándolas, aspirándolas, o bien aplicándolas como enema. En América del Sur y el Caribe había comunidades aficionadas a los cigarros, en América Central otros núcleos poblacionales preferían los cigarrillos, y en México y el este norteamericano la inclinación se manifestaba por la pipa. 

El género nicotiana, una solanácea, comprende más de sesenta especies de plantas, pero los aborígenes cultivaban sólo dos: en la América tropical la nicotiana tabacum, la especie que hoy constituye el tabaco comercial; y en la América del Norte la nicotiana rustica. Esta última cuadruplica el contenido de nicotina de su pariente, y esta es la razón que explica la utilización ritual de la planta y la inexistencia de un uso privado y recreativo de la misma.[1] Su humo es tan fuerte que la pipa pasaba de mano en mano para permitir que el último fumador se recuperara, antes de volver a aspirar una bocanada cuyo elevado índice de nicotina le embotaba los sentidos por otro buen rato. Las tradiciones chamánicas le concedían al tabaco propiedades curativas, y producían ceremonias de “ahumado” en las cuales intoxicaban al enfermo para hacerle ver visiones grandiosas del otro mundo, del que retornaba curado. 

La historia grande del tabaco dentro de la tradición occidental, se remonta al 5 de noviembre de 1492, cuando los marineros españoles Rodrigo de Jerez y Luis de Torres volvieron de explorar el interior de la isla de Juana (hoy Cuba). Al reportarse a su capitán, don Cristóbal Colón, le refirieron un extraño ritual que observaron celebrar a los nativos de la isla: éstos arrollaron unas hojas secas, las encendieron y luego las “mascaron”, “tragaron”, “aspiraron” o “bebieron”. La explicación era bastante gráfica, si recordamos que el verbo “fumar” aún no había nacido a la lengua española. Ellos mismos se aficionaron a la hierba y ello les agenció un proceso inquisitorial ya que, se entendía, sólo Satanás era capaz de expulsar humo por boca y nariz. 

Poco tiempo transcurrió antes de que el tabaco ganara popularidad en Europa, Asia y Africa, principalmente como remedio para todo tipo de afecciones, cosa que ocurrió también con otra serie de hierbas americanas: el peyote, la brugmansia y el olohliuqui. La “ebriedad seca” fue alimentada a partir de 1612 por los colonos británicos de Virginia, Maryland  y las Carolinas, que iniciaron el cultivo de la planta a escala comercial, reintroduciendo por vía europea en América del Norte una planta originaria de la América del Sur. Se trataba de “un cultivo muy sacrificado, que agota rápidamente los terrenos más fértiles, requiere constantes atenciones y pone a los agricultores en condiciones muy precarias hasta vender la cosecha, sin recursos a veces para alimentarse ni alimentar animales domésticos”[2] Después vendrían las prohibiciones, las persecuciones a los fumadores, la guerra comercial entre los países para monopolizar la importación del producto y los gravámenes fiscales que pusieron en riesgo las reservas de los reinos. Todo, todo ello, hasta la caída del anatema bien entrado el siglo XVIII, donde el liberalismo político y la permisividad en las costumbres fue haciendo ceder a los perseguidores más empedernidos. 

Algunos cientos de años después el proyecto “Tabaco 2000” fue presentado a productores y funcionarios gubernamentales tucumanos, una provincia pequeña de la República Argentina que produce unos 9 millones de kilos de tabaco tipo Burley e implica a unos 2.000 productores. Sus impulsores promovían un cultivo tardío, de verano o en contraestación (a partir de enero), una utilización intensiva de la infraestructura existente, una mayor utilización de mano de obra y, por supuesto, mayores ingresos. No mencionaron, sin embargo, que se trataba de un cultivo modificado genéticamente en los prósperos Estados Unidos de Norteamérica... 

Cultivos transgénicos de tabaco a campo se impulsaron en 1986 en Francia y los USA, por vez primera. Cuba, que dispone de una legislación muy rigurosa respecto de los organismos modificados por ingeniería genética, incorporó esas variedades hacia 1990; y China en el mismo año aceptó comprar tabaco resistente a virus. Sin embargo estos escarceos son menores respecto de la producción mundial de ese vegetal, la cual continúa haciéndose por los carriles tradicionales. Hasta 1997 se habían llevado adelante 3.647 pruebas de campo con cultivares transgénicos, y sólo el 4,5% de ellas correspondieron a variedades de tabaco. 

La iniciativa que ahora nos interesa recordar se llevó adelante en diferentes fincas del departamento de La Cocha, 127 km al sur de la ciudad de San Miguel de Tucumán (empresa Tabatuc S.R.L., subsidiaria de Hail & Cotton S.R.L.), también en invernaderos de la Provincia argentina de Salta (empresa Plantines del Norte S.R.L.), y al parecer en la localidad de General Lavalle de la Provincia de Corrientes (empresa ESFA S.A.). La semilla modificada provenía, en todos los casos, de la firma Vector Group de Miami, un fabricante de cigarrillos genéricos que pretendió bloquear casi totalmente la formación de nicotina en las hojas de la planta, característica que le permitiría además, incursionar en la producción de cigarrillos no adictivos.[3] El tabaco identificado con el nombre de Burley 21 porta una modificación genética que conlleva una preocupación pública creciente acerca de la seguridad que ofrece su consumo humano y su impacto sobre el ambiente. Cerca de 300 productores norteños entonces, produjeron cerca de 200.000 kilos de este producto sin saber –según después alegaron- de qué se trataba.

Pero, como la felicidad dura poco, representantes locales de la firma Philip Morris y de la British American Tobacco entraron en sospechas, alertados probablemente por productores vecinos de tabaco tradicional. Ambas empresas solicitaron a las autoridades argentinas la detención de la siembra y de la cosecha de las semillas presuntamente alteradas de Vector. No deseaban, bajo ningún aspecto, que se confundiera ese tabaco alterado con el no alterado que ellos utilizan para su proceso de fabricación de cigarrillos, señalando que era demencial permitir la convivencia de dos tipos de cultivo distinto en un mismo territorio. Todos amenazaron con suspender las compras del producto natural en esas regiones mientras existiera la sospecha de una convivencia con la variedad transgénica. La Unión de Tabacaleros de Tucumán hizo por su parte un pedido formal al Instituto Nacional de Semillas (INASE) para que se realizaran estudios referentes a la genética del material utilizado en la campaña tabacalera 2000-2001. Los mismos se llevaron adelante en el Instituto de Biotecnología CICVyA-CNIA-INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria de Castelar, Provincia de Buenos Aires), el cual concluyó que las muestras analizadas presentaban secuencias correspondientes al INOS y al gen NPTI, por lo tanto sentenciaron que las muestras de tabaco analizadas provenían de plantas genéticamente modificadas. Se hizo público, al mismo tiempo, que la Dirección del Registro de Variedades del INASE no contaba con la inscripción de ningún cultivar de tabaco modificado genéticamente por recombinación de ADN; que la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (CONABIA) no había evaluado el evento de transformación que mencionamos, ni tampoco se había expedido respecto de su inocuidad; y que la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación tampoco había autorizado su comercialización. Ningún organismo oficial, en resumen, conocía esas semillas que dieron origen a plantaciones, la manera en que ese material biológico habían ingresado al país, desconocía la existencia de una solicitud de importación, los datos del importador responsable por esa introducción irregular, la cantidad de kilos o unidades introducidas y, por sobre todo, el carácter transgénico de esa mercadería.

El gobierno argentino, una vez puesto en antecedentes, ordenó la confiscación de todo el Burley 21 producido y de los plantines existentes, a los cuales quemó sin miramientos. Todavía hoy algunos agricultores se resisten a entregar el tabaco para su incineración y acudieron a la Justicia para plantear sus reclamos.[4]

Esta pequeña historia que hemos relatado puede, con todo, servirnos para hacer algunas observaciones y ofrecernos algunas enseñanzas.

En primer lugar resulta obvio que los mecanismos gubernamentales de contralor no cumplieron con su propósito: no fueron capaces de detectar la entrada al país de las semillas genéticamente modificadas, pero tampoco de evaluar su inocuidad para el ambiente y la salud humana, fiscalizar su cultivo y autorizar su comercialización. El retardo con el cual las autoridades reaccionaron ante este conjunto de actos ilegales y clandestinos, fue tanto que los cultivares alcanzaron su etapa de floración antes de que se tomaran medidas “preventivas” de intervención, decomiso y destrucción de los plantines observados. En cualquier caso, para entonces, el polen transgénico ya habría podido contaminar la biodiversidad de la zona, tal como advirtió oportunamente la organización ambientalista Greenpeace.[5] La transferencia genética horizontal (TGH) entre especies que usualmente no se reproducen entre sí es un fenómeno descripto hace más de veinte años entre bacterias y virus. En la actualidad hay evidencia directa e indirecta de este proceso (por conjugación entre célula y célula, por transducción con la ayuda de virus o por transformación gracias a la absorción directa de ADN por parte de una bacteria) registrada entre hongos; entre hongos y plantas; entre insectos; entre bacterias y protozoos; entre bacterias, plantas y animales superiores. Un gen transferido a una especie determinada puede, eventualmente, llegar a todas las demás especies del planeta, aunque existen muy pocos estudios publicados sobre la frecuencia precisa de la TGH en condiciones naturales.[6]

En segundo término conviene observar que el ordenamiento legal en Argentina prevé una serie de pasos a ser cumplimentados con anterioridad a la liberación al ambiente de un organismo vegetal y microorganismos genéticamente modificados y/o sus productos para aplicaciones en animales. Estos pasos, que implican un buen número de controles técnicos y  experimentales, normas de bioseguridad y una evaluación del riesgo, son reglados por la CONABIA, y su instrumentación requiere mucho estudio y por tanto también mucho tiempo. Ahora bien, mientras no se sancione con extrema dureza a los infractores, resultará igualmente conveniente correr el riesgo de burlar los débiles controles existentes. La compañía Vector, a través de su filial Liggett Group, ya había tropezado con problemas dentro y fuera de los USA para conseguir plantaciones autorizadas de tabaco genéticamente modificado a cielo abierto. Este paso pudo darlo en territorio argentino, y la información acumulada durante seis meses de trabajo y experimentación compensó con creces la suma ridícula que la empresa debió pagar en concepto de resarcimiento. Toda esa información, por otra parte, pasó a engrosar el capital científico de la compañía norteamericana, quedando el país receptor de la tecnología innovadora subordinado al papel de mero espectador, ya que no se cuenta todavía con legislación que regule el acceso a los recursos genéticos y biológicos ni la participación de la comunidad local proveedora de mano de obra y de sus propias fincas en el desarrollo de nuevas técnicas, procedimientos y productos.

En tercer lugar queda por evaluar el daño comercial que ocasionará esta aventura para los productores de tabaco tradicional en esas zonas del país, puesto que los mercados de exportación cuentan ahora con un motivo de peso para sospechar la alteración de este tipo de cultivo, en función de esos antecedentes oscuros. Son muchos los mercados que no desean adquirir productos modificados genéticamente, a raíz del rechazo sistemático de los consumidores finales. La desconfianza internacional en el tabaco del norte argentino pueden significar nuevos análisis de laboratorio para certificar la “naturalidad” del producto y otras medidas por el estilo, que terminarán por aumentar el costo final de la mercadería y hasta disuadir de manera definitiva a eventuales compradores.

Por último las empresas multinacionales son las que tienen en su poder las patentes de las semillas, no es de extrañar entonces su interés por alcanzar una mayor participación en el mercado agrícola. Como estas empresas tratan de extraer la mayor ganancia de sus inversiones, les niegan a los agricultores el derecho de reproducir, compartir o almacenar semillas, y resembrarlas cada año por cuenta propia tal como se hizo durante siglos. Para volver esto posible es que las semillas modificadas genéticamente son estériles, mecanismo genético artificialmente provocado que permite conservar en el tiempo una barrera comercial de dependencia fácil de mantener. La intención última es, por tanto, crear una uniformidad genética que si bien volvería a los cultivos más vulnerables a los patógenos y a las plagas de insectos, aseguraría al mismo tiempo un mercado homogéneo y cautivo que año tras año se ve en la obligación de comprar el producto a los proveedores que son, a su vez, los propietarios de los commodities. Tal panorama rural nos parece sin embargo un atentado contra la soberanía agrícola de cualquier nación y un obstáculo serio para la subsistencia de los cultivos tradicionales. Porque la cuestión, en última instancia, no se reduce a saber qué tipo de producción es más rentable sino a garantizar -en un marco éticamente sostenible- seguridad, salud y bienestar para las comunidades existentes y las generaciones futuras.

 

 


NOTAS:

[1] R.E. Schultes, R. Raffauf. The Healing Forest. Portland, Dioscorides, 1990

[2] Antonio Escohotado. Las drogas. De los orígenes a la prohibición. Buenos Aires, Alianza, 1994: 61-62

[3] Fernando Gacía Soto. Polémica en Tucumán por el tabaco transgénico. La Gaceta de Tucumán 8-3-2001

[4] Gordon Fairclough. Semillas de la discordia en los campos argentinos. The Wall Street Journal 7-3-2001

[5] Greenpeace. Tabaco transgénico ilegal: Greenpeace exige descontaminación inmediata. Buenos Aires 1-8-2000

[6] Jorge Kaczewer. Riesgos transgénicos para la salud humana. Buenos Aires, Mapo, 2001: 57-62

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