Hace cerca de 500 años, sabios maya-k' ichés escribieron sus mitos fundadores sobre la creación en un texto llamado el Popol Vuh, que narra cómo el dios del maíz fue asesinado, siendo su cabeza colocada en un árbol, que reverdeció enseguida, tal y como una mazorca de maíz seca y huesuda germina a la vida.

Los maya-quichés de la región de Guatemala heredaron una de las civilizaciones más avanzadas del mundo, pero el colonialismo devastó gran parte de su cultura y marginó a las mujeres. Entonces, ocultaron sus antiguos rituales detrás de la liturgia católica y siguieron produciendo el maíz que los conquistadores despreciaban.

Esta estrategia dio buenos resultados, hasta cierto punto, y los mayas han sobrevivido con su legado atenuado pero intacto. Con todo, las mujeres, que en la perspectiva del mundo maya ocupan un lugar central, perdieron gran parte de su autonomía por las costumbres religiosas y culturales que limitan el acceso de las mujeres a la tierra y el empleo, rebajando su trabajo agrícola a apenas una función de ayuda a los hombres.

La riqueza de la tierra en las montañas de los pobres

Investigaciones recientes realizadas en Huehuetenango, departamento del noroeste de Guatemala, estudiaron las relaciones que existen entre las tradiciones mayas, la diversidad fitogenética y la función de las mujeres en la conservación de ambas. Los resultados se documentan en una publicación reciente: El papel de la mujer en la conservación de los recursos genéticos del maíz en Guatemala, que es uno de los cinco títulos coproducidos por la FAO y el Instituto Internacional de Recursos Fitogenéticos, en la serie Género y gestión de los recursos genéticos. "Queremos entender la función que las mujeres cumplen en la gestión del cambio social y cultural de las comunidades", afirma Zoraida García, oficial técnico de la FAO para cuestiones de género y desarrollo.

Huehuetenango, zona devastada por la guerra civil que terminó en 1996, ilustra plenamente la relación entre los grupos indígenas, la pobreza y la diversidad genética. Una gran parte de la población es de origen maya, y el departamento cuenta con una gran riqueza de recursos genéticos, entre ellos el teozinte, que se considera como el antepasado del maíz. En la región existen 47 clases distintas de maíz, señala la publicación de la FAO, entre las cuales por lo menos 8 razas, o subvariedades, y 4 subrazas.

Granos perdurables de una cultura

En los maizales y en los fogones de Huehuetenango, los conocimientos especializados de las mujeres conservan los recursos genéticos del país. La transmisión de las tradiciones orales sobre la selección y el almacenamiento de las semillas, de madre a hija, han permitido a los mayas conservar una asombrosa variedad de tipos de maíz, representación viva de su fe y cultura. Incumbe a las mujeres seleccionar las semillas para el consumo doméstico, los granos para la resiembra y los granos destinados a la venta o al trueque por aperos u otras semillas en las ferias locales de semillas. Ellas deciden lo que va a comer la familia hasta la próxima cosecha.

La marginación del pueblo maya y de su cultura ha resultado ser un arma de doble filo para el desarrollo de la región. "En el corto plazo los indígenas tienden a conservar sus cultivos tradicionales porque no pueden permitirse comprar en el mercado, pero a la larga el aislamiento social de que son víctimas corroen sus raíces culturales, su lengua y conocimientos tradicionales, e inclusive su interacción con la naturaleza", dice Zoraida García.

Pero el intento de sacar a esta región de la pobreza mediante la introducción de los grandes monocultivos comerciales es un peligro para la diversidad genética regional y para la cultura maya. La agricultura comercial es trabajo de hombres. Las mejores tierras se destinan a los cultivos comerciales, y se relega a otros campos la producción de maíz por parte de las mujeres. Algunas familias han dejado de producir maíz y compran todos sus alimentos.

Los monocultivos incrementan la vulnerabilidad del ecosistema a las plagas y desastres naturales. "Los cultivos tradicionales han tenido siglos para adaptarse al medio local -explica Zoraida García-. Los cultivos comerciales modernos requieren volúmenes de atención y de sustancias químicas que los pequeños campesinos sencillamente no pueden permitirse. Anteriormente, si un cultivo no prosperaba porque no había llovido lo suficiente, siempre había alguna variedad más resistente a la cual recurrir. Ahora, si una plaga arrasa el campo, no queda nada que vender para comprar alimentos, ni cultivos para consumir".

Se marchitan las estructuras tradicionales de sostén

Anteriormente, si una familia tenía problemas, la comunidad la apoyaba con semillas y alimentos. Ahora, los cultivos de todos son igualmente vulnerables y todas las familias dependen de la economía monetaria. Los campesinos tienen que comprar las semillas para producir sus cultivos comerciales, así como los plaguicidas que éstos requieren. Si no hay semillas para intercambiar, las estructuras tradicionales de sostén se marchitan.

"La semilla es de Rancho Viejo -dice Doña Concepción, de 65 años de edad, del pueblo de Chiantla-. Está en la zona alta, donde hay poca agua, por eso los granos son pequeños, y no necesita mucho fertilizante. Es un maíz de invierno". Pero esa clase de conocimiento está perdiéndose a la muerte de los ancianos y a causa de la emigración a las ciudades en busca de trabajo en la economía monetaria. "La economía de mercado está llevando cultivos comerciales y dinero a la zona de Huehuetenango, pero a costa de los alimentos tradicionales", explica Zoraida García. La reciente aprobación del Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura obedece al reconocimiento de la importancia que conlleva este tipo de pérdidas. El Tratado entrará en vigor en cuanto lo hayan ratificado 40 países.

Pero a los campesinos tradicionales del mundo y a la diversidad genética que han fomentado se les está acabando el tiempo. "El maíz, como cultivo tradicional, es una antigua y vasta enciclopedia de las estrategias de supervivencia cultivadas a través de los siglos -prosigue la experta-. Así como muere una lengua al desaparecer la última persona que la habla, así las variedades exóticas representan un peligro para los recursos genéticos autóctonos. Y una vez perdido un recurso genético, es irrecuperable".

Junio de 2002