Programa Pan Americano de Defensa y Desarrollo de la Diversidad Biológica, Cultural y Social - asociación civil

Mujer y Gestión de recursos

 

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por Lori Ann Thrupp y Arleen Mayorga(1)

I. Introducción.

Con demasiada frecuencia, el aporte esencial de la mujer a la gestión de los recursos biológicos y, en general, a la producción económica, ha sido mal comprendido, no tenido en cuenta o subestimado. En un tercio de los hogares del mundo las mujeres son la única fuente de ingresos. En las familias pobres con dos adultos, más de la mitad del ingreso disponible proviene del trabajo de las mujeres y los niños. Además, la mujer orienta una proporción comparativamente mayor de sus ingresos a la satisfacción de las necesidades básicas. La mujer produce el 80% de los alimentos en Africa, el 60% en Asia y el 40% en América Latina.

Las mujeres tienden a participar más activamente que el hombre en la economíca "doméstica", que típicamente supone el uso de una gama mucho más amplia de especies para obtener alimentos y medicamentos que se comercializan en mercados regionales o internacionales. Siendo las encargadas primarias de proporcionar a sus familias alimentos, agua, combustibles, medicinas, fibra, alimentos para animales, y otros productos, así como a menudo intereses en efectivo, las mujeres se basan en ecosistemas saludables y diversos. Como consecuencia, las mujeres del medio rural suelnen ser las que mejor concocen las modalidades y usos de la biodiversidad local. No obstante, a ellas misma suele negárseles el acceso a la tierra y a los recursos. En muchos países, como Kenia, las mujeres sólo tienen acceso a la tierra de menor valor--recogen las plantas medicinales de los costados de los caminos y de las cercas, y obtienen el combustible en tierras comunales de facto--que están demasiado lejos de las aldeas como para que los hombres las reivindiquen.

El importante papel de la mujer en la gestión de la biodiversidad y los recursos biológicos debe ser reconocido, y su participación en la toma de decisiones debe asegurarse a todo nivel de la administración de los recursos. La necesidad de ello es testimoniada por el fracaso de los programas y proyectos en que no se ha reconocido ni incluido a la mujer; programas de forestación de Asia en que no se tuvieron en cuenta los innumerables productos forestales obtenidos por mujeres, planes agrícolas de Africa en que se pasó por alto el papel central de la mujer como productora rural, y proyectos de generación de ingresos de Sudamérica en que se pasó por alto la importancia de los ingresos de la mujer para el bienestar de la familia.

La capacidad de la mujer como administradora de la biodiversidad no podrá realizarse plenamente hasta que la mujer sera exonerada de la discriminación jurídica y social, tarea que aún no han realizado muchos países. Deben proporcionarse mayores oportunidades educativas a la mujer. En las zonas rurales debe establecerse una obligación más estricta de educación primaria, la mujer debe estar más representada en las escuelas secundarias, y debe existir una mayor capacitación vocacional, incluida la extensión agraria. La mujer necesita también derecho de acceso a la propiedad de la tierra y sus recursos. En todos esos campos la asistencia para el desarrollo puede cumplir un papel clave.

Los programas y proyectos de desarrollo también tienen que promover la participación igualitaria de la mujer en el planeamiento, la ejecución y la toma de decisiones. No basta una mera "consulta". A menudo lo primero es eliminar los obstáculos a una participación eficaz. En Madagascar, por ejemplo, pocas mujeres rurales hablan francés, por lo cual se ven apartadas de los procesos políticos. Cuando se necesitan consultas, las entidades de desarrollo deben buscar el aporte de organizaciones femeninas y establecer posibilidades de realizar reuniones con mujeres separadamente de los hombres. Las entidades de asistencia para el desarrollo también deben revisar sus procedimientos, asegurándose de que las mujeres pueden participar equitativamente en la toma de decisiones dentro del organismo.

Finalmente, las entidades de asistencia para el desarrollo deben reconocer el hecho de que el típico enfoque "de proyectos" a la asistencia tiene un sesgo decisivo contra las mujeres en la mayoría de los países. En los casos en que la mujer tiene un menor acceso al poder y una menor visibilidad en las economías de efectivo que el hombre, los proyectos de desarrollo casi siempre benefician a los hombres más que a las mujeres. Deben brindarse alternativas para aumentar las posibilidades económicas de la mujer, incluido un acceso mayor al crédito, y debe otorgarse asistencia para establecer y administrar empresas por parte de mujeres en sus comunidades.

 

II. Las Mujeres en la Silvicultura

Las imágenes familiares de mujeres pobres llevando sobre sus hombros pesadas cargas de leña reflejan con claridad uno de los principales papeles que ellas cumplen en el manejo de recursos naturales en el mundo en vías de desarrollo. En Centroamérica, más del 50% de la población rural depende de la leña como fuente de energía. En Honduras, por ejemplo, esta cifra asciende al 62%, mientras que en El Salvador es del 57%. En esta región, como en muchas otras partes del mundo, las mujeres son las encargadas de recolectar la leña. Son ellas también las que cumplen las tareas de preparar y usar la leña para concinar y para calentar sus viviendas. Este trabajo consume una gran cantidad de tiempo, especialmente en aquellos lugares donde la leña es cada vez más escasa. Por ejemplo, en las áreas más deforestadas de Centroamérica, las mujeres gastan muchas horas a la semana y recorren a diario largas distancias para encontrar leña.

Pero el trabajo femenino en el manejo forestal va mucho más allá de la recolección de la leña. En Centroamérica las mujeres plantan, transplantan, protegen y mantienen los árboles. También recolectan y manejan los productos forestales dándoles usos múltiples: como alimento de consumo humano y animal, como medicina y como fuente de ingreso. Comunmente las mujeres recolectan nueces, frutas, forrage, medicinas y aceites de los árboles para uso domésticos, y en otros casos para la venta en los mercados locales. En muchas partes de las región los árboles están integrados a las actividades agrícolas de subsistencia y a los sistemas tradicionales agroforestales, los cuales están por lo general al cuidado de las mujeres.

En Centroamérica, estas actividades le proporcionan a la mujer rural un conocimiento único y de gran valor sobre los árboles y otros productos forestales. Varios estudios demuestran que la mujer ha adquirido un profundo conocimiento práctico acerca de la conveniencia de las varias especies forestales para la preparación de alimentos y como fuentes de calefacción. Aun las mujeres del campo con poca o ninguna educación formal conocen las cualidades de ciertas maderas, la localización de suministros, así como los servicios que prestan estos ecosistemas, entre ellos, el valor de la hojarasca para los suelos. En algunos casos las mujeres, sobre todo en las culturas indígenas, poseen un conocimiento singular sobre el valor medicinal de ciertas cortezas, hojas y resinas. Las mujeres nicaragüenses, por ejemplo, saben muy bien qué tipo de leña se consume más lentamente, y cuál le da realce al sabor de los alimentos. Más aún, los estudios han encontrado que la mayoría de las mujeres están interesadas en conservar los recursos forestales y en plantar árboles en sus fincas para sus familias. Por ejemplo, las evidencia recolectada en varios países muestra que cuando las mujeres van en busca de leña, muy raramente cortan el árbol en su totalidad, limitandose a las ramas o a recoger la madera muerta. Debido a su trabajo continuo con productos

forestales, es obvio que las mujeres tienen un interés creado en asegurar y mejorar un suministro sostenido de árboles y productos forestales para suplir sus necesidades.

Es claro que los hombres también participan en la manejo de los bosques en Centroamérica, y que en algunas áreas el hombre campesino, y especialmente el indígena, posee conocimientos sobre los recursos forestales. Ellos también sufren las consecuencias del agotamiento forestal. Sin embargo, en muchas casos, las actividades y opciones de los hombres difieren de los de las mujeres. Por lo general los hombres trabajan en la silvicultura comercial, en la construcción, o en otras industrias de base forestal, y mucho menos en el tipo de actividades mencionadas más arriba. Los hombres por lo general son los responsables de cortar los árboles grandes y de extraer la madera comercial cuando están haciendo finca para la agricultura. En algunas áreas urbanas los hombres venden leña o carbón de palo. Por el contrario, las mujeres casi nunca están vinculadas a empresas forestales. Tienden más bien a trabajar como asalariadas o vendiendo los productos no maderables de los árboles. Esta división sexual del trabajo está enraizada tanto en las tradiciones culturales como en las desigualdades socioeconómicas.

En la medida en que aumentan las presiones sobre el medio ambiente, el trabajo de las mujeres del campo en lo que hace al manejo de recursos naturales se hace cada día más difícil en América Central. En los ochentas, la deforestación continuó en la región a una tasa estimada de 400.000 hectáres por año. A su vez, la pérdida de cobertura forestal agrava la erosión del suelo y otras formas de degradación de los recursos que afectan la producción. Igualmente, la diversidad de los productos forestales está decayendo. Y la gente pobre es la que se ha visto más severamente afectada por estas presiones. Entre los pobres, las mujeres son las que sufren el mayor impacto, en parte porque carecen de acceso a los recursos y no tienen asegurada la tenencia de la tierra, y también porque son las responsables por asegurar que sus familias cuenten con alimentos y otras necesidades básicas. Estas presiones las han obligado a recorrer largas distancias para encontrar la madera, o a pagar cada vez mayores sumas a los intermediarios para adquirir la leña de consumo doméstico, lo cual a contribuido a su empobrecimiento paulatino. En la medida en que carecen de alternativas económicas, las mujeres tienen qu trabajar cada vez más duro para conseguir y manejar sus suministros de agua, cultivar suelos marginales y exhaustos, y alimentar adecuadamente a sus familias. Los grupos de refugiados y repatriados--considerados como los más vulnerables--están constituidos en su majoría por mujeres. Además, cada día crece el número de hogares centroamericanos en los que las mujeres son cabeza de familia, los cuales son por lo general más pobres que los de jefatura masculina. En Panamá, Honduras y El Salvador, se estima que el 22% de los hogares rurales está encabezado por mujeres. Y en la medida en que las mujeres se convierten

en las únicas responsables por las actividades de subsistencia, las tareas vitales como la recolección de productos forestales se hacen aún más pesadas.

Estas dificultades se ven complicadas por el hecho de que en Centroamérica las mujeres campesinas usualmente carecen de acceso al crédito y raramente son dueñas de la tierra que trabajan. El crédito es por lo general un círculo vicioso para los pequeños agricultores en América Latina, y aún más para las mujeres, en la medida en que las políticas crediticias estan sesgades en su contra; su misma condición de pobreza hace que no se les considere aptas para recibir crédito. Esto por lo general obstaculiza su capacidad para mejorar las prácticas de manejo de recursos, así como su bienestar. Muy pocas mujeres tienen la oportunidad de educarse y capacitarse en silvicultura y prácticas agroforestales. En todo el mundo, el campo de la silvicultura está dominando por los hombres. Por ejemplo, en América del Norte sólo el 10% de los 18.000 miembros de la Sociedad Americana de Ingenieros Forestales está constituido por mujeres, según datos de 1993. En el Servicio Forestal de los Estados Unidos, los datos de 1992 muestran qu sólo el 26% de un total de 12.054 profesionales está conformado por mujeres.

Si bien en Centroamérica no existe una información tan detallada sobre la composisión por género de las entidades que tienen que ver con la silvicultura, los estimativos generales sigieren que sólo el 10% de los profesionales vinculados a los servicios forestales gubernamentales en la región está formado por mujeres. Allí, las mujeres constituyen sólo entre el 2% y el 6% de los egresados de instituciones de educación y capacitación para profesionales y técnicos forestales, según un estudio sobre 17 instituciones que anualmente gradúan un total de 130 personas. Si bien las disparidades de educació por género se presentan en muchos campos, las profesiones relacionadas con la agricultura y la silvicultura constituyen los casos extremos en lo que se refiere a la inadecuada representación de la mujer.

Para mayor información contactar: lauralee@wri.org

(1) Fuente: La Perspectiva de Genero en el Manejo de Bosques en America Central: La integración de la Mujer a las Iniciativas de Política Forestal por Lori Ann Thrupp, Center for International Development and Environment, en colaboración con Arleen Mayorga, Ministerio del Ambiente y Recursos Naturales de Nicaragua (May 1994, 12 pages, WRI Issues in Development) Copyright © 1994. World Resources Institute, 10 G Street, NE (Suite 800), Washington, DC 20002 (202/729-7600; fax: 202/729-7610 ).

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Última modificación: Sábado, 11 de Junio de 2005