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Moralejas chiapanecas

 

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.... De hormigas y de mulas...

de Máximo Alfonso Ordóñez
abogado mexicano

 

 

En derredor del rectángulo inmenso, vacío ya de mercaderes y mercancías, cobijado por el alto techo cóncavo de fibra de vidrio, empeñoso, un niño de maíz empuja con su menguado peso los pedales de una bicicleta de una sola rueda que al frente, por pan, en este finalizar de tarde, lleva sobre la base tubular de carga la sonora sonrisa de otros dos niños, más chicos que sus edades, más viejos, mientras un cuarto corre tras el triciclo panero para subirse al alborozo, chancleteando sus chanclos de hule contra el lustroso piso de cemento gris.

Yo intento unirme al chacoteo dando zancadas que me acerquen al espacio lógico imaginario del bullicio que al cabo, rubor de paso adulto, sólo apresuran mi salida por entre las columnas del mercado agrícola. Afuera, un hombre ebrio, sin rostro, yace acurrucado sobre las tablas de las legumbres y los frutos ya desvanecidos. Sobre los puestos contiguos, en grupos, otros hombres, destilantes, musitan palabras sin luz. La lluvia, de a poco, se cae en grupos de una sola gota, pesada, globular, pletórica, simultánea a otros grupos de gotas merendadas que caen al lado de ella.

Las mujeres, cáliz de flores y olanes, cruzan siempre las calles con sigiloso apremio, asidas de carga o de crías. No huyen, ni siquiera del próximo aguacero que ya estrella como yemas sus primeras gotas. Andan con la premura de la vida, caminan el tiempo del Sol que de por sí es su tiempo y su sino. Por eso la noche, oscuridad baldía, espacio por crear, para ser, ha de volverse alegría, colores, y si humus, oscuridad de barro, silencio de crisálida; es por eso que los hombres, los antiguos hombres de estas tierras, cuando hombres, han de ser mujeres-niños, tiempo verde, añoranza, estación, miedo y pirotecnia, relámpago, paso efímero. Cortejo de lava atronando savia y ceniza, soberbia de lo que de por sí no dura.

El hombre nace, y exhala. Algunos, los del acero y la palabra documentada, con gran encono y desamparo, con grandes ganas de domesticar y descifrar lo que sólo asumidos en lo otro, que no miran pero que también son, les fue dado amanecer; otros, los hombres-persona, los breves de la palabra caminada, viviéndose con gran labranza y bullicio, con tacto de abeja, vistiéndose de universo y algarabía de mariposas.

Me alquilo un cuarto. Desamarro. Salgo para proveer pan y agua a mis huesos. Por varias calles me miran los que para eso están. Saludo a otros que conozco y, a saber si no me estarán mirando por motivos semejantes, a saber. Me vuelvo al cuarto con una grumosa paleta de nanche que no se chupa sino más bien se come. Reposo. Un gallo horariado se encarga de madrugarme la noche que desborda una lluvia intermitente. Me encapoto y parto sin saber ni yo mismo hacia dónde. Me acomodo junto al incesante escurrir de niños, mujeres y hombres, aguardando a que los huecos se llenen. Bajo la lona, la lona de mi mochila, gruesas bolsas de plástico guarecen alas y nidos a modo de segundo escudo. Partimos. Lo que viene, horas de lodo y tumbos, camino de sierras, inmersión, vuelo bajo de tucanes, chirriar de frenos, valles estrechos que más bien son dilatados márgenes a la desembocadura de tempestuosos ríos, tramos breves de planicie que separan el descenso del ascenso a la siguiente cañada, casas-chozas donde ya se prepara el pozol y el café, exhalando humo por entre las palmas de sacate seco, sombras andando ya por el camino cuando el Sol aún se sueña, niños cargando a otros niños, zapatos, cuando los hay, de plástico, y abiertos, silencio y mecapal al hombro, dolor sin llanto. Lo que falta, lo que cada cierta distancia está presente para los nacionales como una aduana, lo que es razón del acero, lo que divide e impone maltrato, todo eso, mejor puede leerse en los informes sobre violaciones a derechos humanos que periódicamente publican los organismos no gubernamentales.

Mil quinientos kilómetros al norte, una hormiga moraleja las dudas de la asamblea. La tarde cae a plomo. Después de algunos kilómetros de terracería, doblamos hacia un pequeño poblado donde algunas mujeres esperan guarecidas bajo las ramas de un mesquite cuya sombra servirá de parasol a la primera junta del grupo. Una sábana blanca conteniendo un niño dormido cuelga de una de las ramas. Poco a poco empiezan a llegar del caserío disperso otras mujeres con sus hijos pequeños que, eventualmente, asisten sus hijas mayores. En derredor, varias decenas de enormes piedras porosas acomodadas ex profeso sirven de sillas a los asistentes; las grandes para los adultos, las chicas para los infantes que así como llegan se trepan al mesquite o hurgan entre los matorrales cercanos en busca de alguna lagartija que destripar. La reunión inicia con una docta pero históricamente ininteligible explicación sobre las tasas de interés y los presupuestos reglamentarios de la O.N.G. para otorgar préstamos, incrementar el ahorro, adquirir e intercambiar producciones entre los grupos de las distintas comunidades. Cuando la exponente pide al auditorio que refiera lo que momentos antes acaba de explicarles, las mujeres se llevan una mano a la cara, voltean a verse, y, a una, todas se ríen. Ante la evidencia, la explicación se repite, pero sólo con algunos cambios, más de entonación y mesura retórica, que de sintaxis y estructuras de contexto. Mientras, observo un hecho aparentemente absurdo y ajeno. Una hormiga arrastrando un desperdicio más grande que su tamaño, se detiene frente a una formación de pequeños montículos de tierra suelta y piedrecillas situados en su camino. De pronto suelta el preciado objeto y se da a explorar la zona a lo ancho y luego a lo largo, y al concluir el reconocimiento vuelve por el margen izquierdo de las "imponentes" elevaciones al sitio donde, segundos antes, había, aparentemente, abandonado su carga, para asirla de nuevo y remontar el accidentado obstáculo precisamente por su parte más corta y llana. Sin embargo, ya superado el impasse, centímetros adelante una niña atraviesa en su camino un manojo de largas hojitas más bien delgadas que blande cuando aquélla se aproxima. Por unos instantes la hormiga intenta hacia la izquierda y hacia la derecha, pero las delgadas hojitas le cierran una y otra vez el paso. Atemorizada por la excepcionalidad del obstáculo, abandona la carga y literalmente escapa a gran velocidad por el camino que de por sí llevaba. Alzo la mirada hacia el centro de la reunión al escuchar las renovadas carcajadas de las mujeres que así responden de nuevo a la pregunta con que la urbana exponente concluye por segunda vez la explicación primera. Miro entonces hacia el fondo del campo, recorro su tierra arenosa y pienso: ¿y si antes de actuar miráramos cómo es que se actúa la vida, cómo es que ella, así, de por sí, mirándose, se aprende de ella misma? Si miráramos, junto pues, lo grande y lo pequeño, el paso con que lo más antiguo se ha sobrevivido, los ojos de las cosas, su luz que hace posible nuestros ojos mismos, lo que no se ve y al cabo pare a la flor, la palabra semilla, la voz común de las cosas, si nos miráramos pues, hablaríamos la palabra de todos, seríamos verdaderos, aprenderíamos.

Vuelta al camino húmedo de la montaña. Los machos, mulas varón, caminan su paso normalmente sin pena ni remilgos. El problema surge cuando el animal levanta apenas su cara y mira lo que aún no llega pero ya viene. Entonces, se espanta y empieza a dar retumbos, a resoplar, como si hubiera visto a una dos mundos, dos tiempos, el que anda, y el que andará. Veo yo que su miedo del macho no es andar su camino, sino verlo antes de andarlo. Mejor sería que tal cual se les hace en una noria se le taparan sus ojos para que no viera nunca su camino, para que sólo lo andara con su paso franco, así, con pies, sin imaginarlo nunca, sin ver al cabo qué es lo que camina. Siempre así, primero el paso, luego la vista que irá sólo sobre ese paso; no sobre el anterior al actual que se da, no, y, mucho menos, sobre el que viene. Un paso sin memoria, y sin horizonte, pues. Es esa la mejor fórmula para andar los caminos sin cansarse, sin vivirse, también, es la mejor manera de no alentar fatigas innecesarias. El antídoto para el caminante sin memoria, sin futuro, pero que al cabo mucho sirve, eso sí, para no cansarse de su piel, para no angustiarse por lo que apenas va y por lo que aún no llega pero que ya viene a cada paso. Por eso las mulas varón, los machos pues, tardan caminando y resisten horas y horas andando, porque no levantan su cara, porque no ven lo que su paso anda, ni les serviría verlo considerando que es para otro que cargan lo que caminan.

Salvo despotricadas excepciones, las mulas, en general, nunca levantan su cara para ver y es así que se caminan sin tiempo ni dirección su paso que al cabo otros sí miran y usan.

Así pasa con los hombres modernos. En general, son como los machos, caminan sin ver el camino que andan, y por eso no se cansan, pero tampoco se ve que sean, porque no saben de donde viene su camino, ni a dónde los lleva, ni por qué tiene el trazo que tiene, ni porque lo empezaron a andar, ni, mucho menos, quién lo trazó, quién los lleva pues. Y esto es así, porque no levantan su cara, esos hombres.

Hay otros, sin embargo, que sí la levantan, pero tal como ocurre con algunos machos que cometen la misma osadía, se espasman y convierten en estatuas de sal, se impactan de tal manera con lo que sus ojos miran que ya no avanzan, pero tampoco vuelven. Ahí nomás se quedan parados, a la vera, así, sin hacer nada, acurrucados de miedo, petrificados, al margen, como se dice ahora.

Pero todavía hay otros, los terceros. Esos no son como los machos generales ni como los machos excepcionales, es decir, no-no miran, ni se pasman cuando levantan su cara. Ahora que éstos también cuando levantan su cara y miran, a lo primero, pues también se asustan, y algunos hasta se cubren su rostro, pero al cabo otra vez miran y superan el miedo de la única manera en que el miedo se supera: caminando y mirando. Estos son los hombres verdaderos, los que no son como la mula general, ciega, ni como la excepcional, espantada. Hombres que caminan mirando, y mientras miran, caminan. Porque tampoco se puede mirar cuando no se camina. Es preciso hacerlo asido de ojos y pasos para entonces mirar lo que se anda, para mirarse en lo que sí y en lo que no, para aprender, para ser verdadero.

Ahora que si lo que usted quiere es tomar la pared de alguna de las altas montañas que enmuran la reserva de los Montes Azules, y nada más, pues lo mejor es no mirar distancias, asegurar bien los arreos de su mochila, ir hacia la base del camino que luego subirá serpenteando, y hacerle como, en general, hacen los machos en la montaña para caminar sin titubeos ni fatigas psicoinducidas: no mirar sino sus patas, sólo eso, nada más, como caballo de noria, pues.

Los derechos pertenecen a su autor

 

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Última modificación: Sábado, 11 de Junio de 2005