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Algunos aspectos oscuros sobre la saga de  Peter Taussig

 

 

 

 

 

“Como primera duda se desliza aquella de si los hombres pueden en suma

enunciar algo definitivo acerca de su presente, del que les falta distancia”.

Alfred Müller Armack, “El siglo sin Dios”.

 

por Hans Buber.

(seudónimo de Horacio Otegui)

Cuento presentado para el VIII PREMIO DE NARRACIONES BREVES“ALBERTO LISTA”

  In memoriam, Dr. C.R.H.

     

    Conocí al señor Taussig a una hora inusual y de una manera muy extraña. Era mi segunda noche de trabajo nocturno, y al doblar en un corredor del enorme edificio de la Facultad de Derecho, en Buenos Aires, lo sorprendí saliendo por una pequeña puerta, al pie de una escalera.  En general saludo a todo el mundo, pero a medianoche hasta un gato negro que se nos cruza puede resultar una amenaza, así que seguí mi camino tratando de no provocar el mínimo ruido.

-¿Usted quién es; qué hace?, me preguntó con voz autoritaria cuando yo apenas pisaba el segundo escalón hacia la planta principal. “Bueno, ahí vamos”, pensé mientras concluía que la amenaza había sido yo.

                Con toda vaguedad, le expliqué que debía terminarse un trabajo, y que se había dispuesto que la mejor manera de hacerlo rápido era encarándolo de noche, sin la mínima interrupción. El señor Taussig aceptó mis palabras difusas, y desde ese punto se erigió en implícito celador de mi tarea. Debió haberme conocido desde el primer instante, porque su mirada perdió de inmediato la fiereza que había entrevisto en su voz. No se presentó, pero en ese momento dijo

-Si necesitas algo, me buscas. Hizo una pausa y enseguida agregó, con misterio: -Yo siempre estoy en el edificio.

-Gracias, le respondí, sin ninguna intención de acceder al ofrecimiento.

                Varias otras noches lo vi, desapareciendo como un espectro detrás de los lejanos recodos, en los pasillos. Supuse, con cierto grado de certeza, que estaba vigilándome y que de algún modo extravagante, él estaba informado acerca de mi labor. No me importaba: La tarea marchaba magníficamente y en unos quince días más yo volvería a la ruidosa maquinaria diurna que todos compartimos.

                Una vez golpeó la puerta de mi oficina, y estuvimos hablando un buen rato. A mí me vino bien, porque hacía una semana que yo no veía un alma. En ese tiempo no había visto a persona alguna, salvo esos módicos gestos que uno cruza con la desconfiada gente de seguridad, siempre distante.

                Peter resultó un tipo muy gaucho, con modales refinados y palabras precisas. Hizo un amague de disculparse por nuestro ríspido primer encuentro en el corredor, pero lo frené:

-Le agradezco, pero no tiene sentido. Está todo bien.

                Ésa fue la única vez que lo vi sonreír en mi vida.

-Parece que nos entendemos... Si necesitas algo...

-¿Cuál es su nombre?, pregunté.

-Peter. Peter Taussig. Pero no te conviene saber mucho sobre mí.

                Me miró de un modo profundo, sereno. Sus palabras pudieron haber sonado inquietantes, pero hoy comprendo que eran protectoras.

-De acuerdo, le dije. Anoche mismo pensé que necesitaba una buena taza de café.

-Eso puede arreglarse, contestó.

                Creo que sonreí, pero no estoy seguro. Ahora me parece que ése fue el momento en que comenzó nuestra confabulación. Claro que entonces yo ignoraba mi participación en el plan Taussig.

 

                Mis amigos me llaman Buster, como a Keaton. Dicen que casi no río. Sostienen que mi torpeza es comparable a la de ciertos actores cómicos del cine mudo, porque hablo un poco más que ellos. (Sólo un poco). La broma es que estuve como veinte minutos dando vueltas por la planta baja, hasta dar con la escondida puerta de Peter.

                Esa noche me contó sobre su origen, en el noroeste argentino. Como tantos europeos, había llegado en el vientre de su madre, quien formó parte de un contingente alemán afincado allá por los años treinta, en las provincias de Misiones y Corrientes. Eso le daba conocimiento tanto acerca del idioma guaraní como de las antiquísimas leyendas teutonas. Fue tan placentero escuchar su voz, que el amanecer nos sorprendió hablando sobre Goethe, Wagner, sus walkirias, y por supuesto sobre el chamamé.

                Tuve un verdadero sobresalto cuando miré el reloj. Peter se extrañó por mi actitud. La mía no era una inquietud a causa del trabajo, porque estaba bajo control. Fue una zozobra respecto a la seguridad de mi oficina. Peter me tranquilizó.

-Créeme, dijo. –Está todo bien.

                Yo le creí. Parecía tener un completo manejo de todo el lugar.

                A partir de entonces tomamos una rutina: Yo llegaba hasta su cálido rincón a eso de las dos de la mañana, y nuestros encuentros duraban unos veinte minutos. Media hora, a más tardar.

                Como dice una filósofa argentina contemporánea, una parte importante del trabajo reside en tener claras las estaciones de recreo. Creo que nunca aprendí tanto sobre mitología germánica como en esas madrugadas, mientras escuchaba un gastado disco de vinilo con la música de Tránsito Cocomarola. De dónde salió aquel fonógrafo, es otro misterio.

 

-El edificio nunca me dijo nada...

                Se queda mirando hacia el oscuro vacío de la ventana ciega que hay en el archivo y luego remata:

-Pero todo el mundo sabe que eso no es cierto.

                Me mira, seco, con el relámpago de un gesto pícaro en los ojos pero sin mover un músculo de la cara, se levanta y ofrece otro café. Peter sabe que ha conseguido otro de sus golpes de efecto. Yo le conté todo, hasta mis sueños. Él prepara otros dos impecables cafés, venidos de otros gustos y costumbres. Quizás por su origen campestre, sus ademanes recatados o su mirada siempre perdida, daba la impresión de alcanzarme desde otro lugar o desde otro tiempo, como ocurre con esas apariciones extemporáneas de la ópera clásica.

                Tiene el don de lo que pasa, o hace que lo que pasa lo toque irremisiblemente, atravesándolo con un haz de luz. Peter es la escena, donde quiera Dios que la escena esté. Lo que hace ahora es apenas un café instantáneo, y sin embargo uno puede ver cada torsión de su cuerpo, cada movimiento de sus manos y sus dedos, dedicados única y exclusivamente a este delicado momento: Una muestra de respeto por este ínfimo instante que nos toca, este soplo que él abraza como si se tratara de la eternidad. Quién puede dudarlo... Peter está preparándonos el café.

-Toma, dice tendiéndome una taza humeante con su enorme mano generosa. Cae en uno de sus habituales silencios, mientras saborea la infusión caliente. Hace un frío de cementerio, y nadie en la Facultad comparte –imagina, siquiera- un tris como éste.

-¿Cómo fue que pediste este horario...?

-Por comodidad. Siento un gran cariño por los libros, y eso me convierte en una rata de biblioteca. También me gusta trabajar tranquilo. Al principio desperté ciertas sospechas, porque la gente de seguridad no sabía nada sobre este proyecto.

-¿Y qué proyecto es ése?, me interrumpió Peter.

-Publicaremos el contenido de los más recientes libros de actas, donde constan las defensas de las tesis doctorales... pero le decía que los guardias de seguridad se habituaron a verme entrar a las doce de la noche. Tampoco les hizo mucha gracia a la gente de mantenimiento, porque debieron dejar abiertas un par de puertas secretas, pero al final también se acostumbraron... ¿y usted...? Siempre lo veo solo, acá  en el archivo.

-Mi tiempo ya pasó. No formo parte de ningún proyecto ni sorprendo a nadie en esta casa... Apenas si debo cuidar estos papeles, que se salvaron del incendio, pero que ya nadie consulta.

                La cara se le ilumina brevemente, me pide unos minutos, y al cabo de ellos vuelve con un enorme libraco forrado de cuero. Era de un tamaño apenas un poco menor que los otros viejos libros con los que yo estaba trabajando.

-Éste es el apocalipsis: Una verdadera revelación. Tú, que ya eres de la familia, deberías echarle un vistazo... dice con aire enigmático.

                El libro me sedujo ni bien lo vi, y tuve la impresión de que el tiempo se había quebrado. Nos sabíamos muy solos, ambos, pero yo sentí que las paredes desaparecían y quedábamos expuestos a las miradas de vaya a saber cuáles fantasmas impregnados en los antiguos muros.

                Tamaño mamotreto sólo podía haber salido de uno de esos anaqueles guardados celosamente por Peter Taussig. Tenía esa venerabilidad que sólo otorgan los años. Una especie de sabiduría seca, austera, aséptica como la verdad, que había sabido esperar más de medio siglo para mostrarse a otra mirada que a la de Peter. Me absorbió los ojos por completo, regalándome una imagen que nunca olvidaré.

                Aparecía maltrecho pero decoroso, con arreglos posteriores a la encuadernación, e intuí que más de una vez se había caído al piso. Casi pude verlo rebotando, desbaratándose hasta la llegada de unas manos llenas de respeto, amorosas y curtidas, quizás como las de Taussig. Cuando miré el lomo tuve una suerte de fascinante descarga eléctrica a la altura del bajovientre, que luego me recorrió el cuerpo, dándome un calor parecido al de la taza de café, a la que mis dedos no habían dejado de acariciar. No sé cuánto tiempo pasé arrobado, en silencio, cargándome de esa espirituosa energía que del ejemplar emanaba.

                Casi no me atrevía a volver las hojas, que se veían firmes pero quebradizas. Cerré la tapa, acaricié el cuero reseco y lo levanté frente a mí. Olía de un modo familiar, y recordé la nutrida biblioteca de mi padre. El volumen era muy pesado. En el lomo tenía una inscripción: “TESIS-I”. Más abajo, escrito a mano, torpemente: “1879-1942”. Se me llenó la boca de agua. Sonreí. Dije.

-El eslabón perdido.

                Levanté la vista pero Peter no estaba: Me había dejado solo con mi Roseta. Sin tanta faena como Champollion por delante, empecé a recorrer, cuidadosamente, a partir del segundo folio. (El primero, inexplicablemente, no había sido llenado ni numerado, pero se notaba a simple vista que el libro se iniciaba en la segunda hoja):

“En Buenos aires, a los veinte días del mes de mayo de mil ochocientos setenta y nueve...”

                Estuve a punto de babearme. La letra era presuntuosa, casi arrogante. Pensé que pertenecía a alguien que había hecho su tarea en otro planeta, pero no. Ese alguien vivió en esta tierra. Tenía una caligrafía perfecta, pero difícil de descifrar: Usaba unas ampulosas mayúsculas, unía –como al descuido- la finalización de ciertas palabras con el inicio las siguientes... En fin, como había dicho don Taussig, fue una verdadera revelación finisecular. Empecé a reir como un idiota, y si alguna vez fui feliz, fue en esa oportunidad. Peter me interrumpió: volvió a entrar a su dominio –había salido anteriormente sin que yo me diera cuenta, en el medio de mi éxtasis por aquel encantamiento-, y me dio un vaso. Era increíblemente liviano, dado su tamaño. Notó mi expresión de sorpresa.

-Cristal de Bohemia, dijo con su locuacidad habitual para las explicaciones.

Notablemente, yo seguí riendo. Sí, sin duda. Yo fui feliz entonces.

-Usted no existe, Taussig.

-No sabes cuánta razón tienes, me contestó sin dedicarme la mínima mirada. Su cuerpo decía, a su manera, lo que la boca de Taussig jamás podría expresar. Se sentó en su silla y empezó a desempacar con todo cuidado un paquete cilíndrico. El papel que lo contenía se veía también añoso, traído de una época en que fueran posibles los milagros.

-Adivinas qué es esto?, preguntó Peter.

Me tomé unos segundos. Reconocí el papel, entre los pliegues lejanos de mi memoria. Era el mismo que usaba en mi infancia para calcar mapas. Porteño, me agrandé.

-Papel manteca, dije.

-Papel de manteca, es la figura de dicción; me corrigió con su ruda ternura Taussig. Entonces confirmé que él era un tipo atemporal. Lo miré con atención mientras desenvolvía la botella (a esta altura, no era necesario ningún Champollion para adivinar el contenido del paquete), y vi que Peter no era una persona mucho mayor que yo. Sin embargo, tomaba la actitud paternalista de los antiguos pedagogos, con sus procedimientos arcaicos. Lo imaginé con una vara en la mano.

-Pero me refería al licor, aclaró.

-Ni idea, le contesté.

                Justo terminaba de sacar un cilindro negro, con letras doradas. Abrió con dificultad la tapa circular, y extrajo cuidadosamente la botella. Me alcanzó el envase de cartón prensado, mientras con un cortaplumas un poco oxidado cortaba, con mucho cuidado, el capuchón de plomo. Un orgulloso gamo ilustraba la inscripción acerca de un indefinido Valle de los Ciervos, en las tierras altas escocesas.

-Highlander, dije con mi memoria cinematográfica.

-Sí, respondió pensativo. –Tengo que admitir que Argentina me dio una forma de conocimiento que no hubiera alcanzado en Prusia ni en Baviera. Posiblemente me habría pasado la vida tomando cerveza.

                Sirvió dos vasos pródigos de puro whisky de malta escocesa.

-Esto... dijo señalando el libro, -hay que festejarlo.

-¿De dónde lo sacó... si eso se puede saber..?

-Hace mucho tiempo que lo tengo guardado. Creo que he hecho una buena elección contigo. Hay que cuidarlo. No todo el mundo sabe reconocerlas, cuando está al frente de ciertas piedras preciosas.

                Bebimos. Mientras me hablaba, Taussig no dejaba de mirar el libro, así que nunca supe de qué estábamos conversando. Sé, claro, que yo le había preguntado por el whisky, pero el fin de fiesta fue bochornoso para mí, aún en aquella fría madrugada. Lo que él dijo acerca de las piedras preciosas es lo último que escuché de sus labios.

                Tuve vergüenza de pedir hielo. Me pareció un sacrilegio ante tan estupendo whisky, frente a tanto agasajo, merecido por completo. Bebí en devoto silencio el entero cáliz, acariciando el lomo del libro, hasta mi completa saciedad. Luego me dormí profundamente.

No recuerdo cómo llegué hasta mi oficina, pero desperté en mi sillón, abrazando al primer libro de actas sobre tesis que se hubieran defendido en la Facultad de Derecho de Buenos Aires. Eran las ocho menos cuarto de una mañana helada. Nadie me descubrió. Nadie se dio cuenta. Pero en el fondo de mí mismo hay, a partir de esa madrugada, el terror y la culpa de que aquello se sepa. Qué papelón para festejar, dirían mis amigos.

 

Yo hice una celebración a la medida del Buster que soy: Me llevé el libro a la plaza, y pasé la mañana y gran parte de la tarde al sol, con los fantasmas de Malaver, De la Serna, Gioja y otros tantos, hamacándolos como si fueran niños, contándoles algunas historias graciosas y otras increíbles acerca de adelantos de la ciencia, tales como agujeros negros, anillos de gusano y tanta cosa rara que puebla mi humilde, pero actualizada biblioteca.

Después hicimos un partido. A Malaver lo mandé al arco, como buen gordito. Estuvo todo el partido gritando, ordenando a sus defensores, pero se comió ocho goles. El flaco De la Serna le embocó dos cabezazos precisos. Bustamante Alsina le metió uno de penal (una falta muy infantil de Estrada, dentro del área) y Monner Sans –el viejo, el que vino de España- lo volvió loco: le hizo cinco. ¡Qué jugador, por Dios...! pero sobre todo, qué buen humor... Era encantador ver cómo lo burlaba al otro, haciéndole pito catalán.

Cuando terminó el partido, don Ambrosio Gioja invitó (¿cuándo no?) a una de sus pantagruélicas meriendas, y el primero en aceptar fue el gordito Malaver, con su rotunda panza voraz. Nos fuimos todos hasta Flores, para tomar la leche. El partido lo ganaron los viejos: Ocho a seis.

 

Pocas veces me divertí tanto. Mientras recuerdo, por suerte no debo sofocar mi risa. Ya no puedo estar solo nunca más, porque esa gente se quedó conmigo, y sé que sus miradas –que me rodean- son permisivas. (¿A quién no le gustaría ser recordado de este modo?)

 

                De regreso al ruidoso turno de día y cerradas –quizás hoy para siempre- aquellas puertas secretas, empezaron las cosas raras. Yo cumplí con el pedido del alemán, pues evité cuanto me fue posible hablar sobre él. Eso sí: Con toda discreción pregunté a aquellas personas que sabía capaces de guardar secretos. Nadie recordaba siquiera el nombre completo de Taussig, hasta que me encontré con José Molina, el ya mítico ordenanza del tercer piso que cubre el horario matutino, y lo interrogué.

-Ah, sí... me respondió. –Peter Taussig. Hace más de veinte años que desapareció. Los años oscuros...

                Yo lo miré incrédulo. No quería enterarme.

-Se lo llevaron una noche... concluyó Molina con un gesto ascendente de su mano derecha, y él supo que yo había entendido. No hubo más comentario de mi parte, además de mi agradecimiento a José.

 

                Aunque he perdido para siempre aquel Valle de los Ciervos, la publicación de todo nuestro afán fue un éxito. Llovieron felicitaciones y agradecimientos de los más remotos lugares, incluyendo la embajada argentina en Tokyo.

                Ahora se planea publicar la parte histórica, es decir la revelación de Peter: El período de defensas de tesis entre 1879 y 1942. La tarea casi criptográfica que hemos encarado en esta etapa avanza con lentitud. Mientras tanto, me he negado con firmeza en cuanto a revelar el modo en que el libro llegó hasta mí. No tengo ganas de estar en boca de todos, y un misterio como éste necesita un poco de añejamiento, al igual que cualquier whisky notable. Creo que merece ser ventilado, dentro de –digamos- unos cincuenta años.

Por otra parte, aún habiendo pasado a integrar la saga de Peter Taussig, y por hermosa que sea la historia de nuestra familia, estoy seguro de que, a estas horas, nadie la creería.

Hans Buber.

Si desea comunicarse con el poeta: hotegui@hotmail.com

 

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Última modificación: Sábado, 11 de Junio de 2005