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El último yagán

 

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En el Beagle, zona de extinción

Carlos Raúl Yagán Yagán murió en Septiembre de 1997. La fecha quedará en algún recodo de la historia, donde se archivan los casos cerrados: Raúl era el último de su raza.

Por Juan Andrés Guzmán

La tumba es reciente. La tierra aún está suelta, no hay lápida, no hay cruz.

Bajo una leve capa de nieve, hay claveles frescos. Pero con este frío no resistirán mucho. El cementerio de Puerto Williams está frente al canal del Beagle y el mar arroja ráfagas intolerables. En cualquier momento se pondrá a nevar otra vez.

Bajo esa tierra sin marcas, está Carlos Raúl Yagán Yagán. Murió el 4 de septiembre, hace poco más de una semana.

La fecha quedará en algún recodo de la historia, donde se archivan los casos cerrados: Raúl era el último hombre yagán.

A mediados del siglo pasado, el científico Charles Darwin se encontró con los antepasados de Raúl y los describió en su diario de viaje: "Estos desdichados salvajes tienen la talla escasa, el rostro repugnante y cubierto de pintura blanca, la piel sucia y grasienta, los cabellos enmarañados y los gestos violentos. Cuando se ve a tales hombres apenas puede creerse que sean seres humanos habitantes del mismo mundo que nosotros".

Ciento cincuenta años después de esos juicios, los yaganes dejaron de habitar nuestro mundo.

A pocos pasos de la tumba de Raúl están parte de los que lo precedieron.

Está el "abuelo Felipe" nacido en 1891 y muerto en 1977. En su lápida se deja constancia de la amplitud de oficios necesarios para sobrevivir en esa zona: "Se desempeñó como esquilador y campero y en la vejez se dedicó a la artesanía construyendo canoas, arcos, arpones, todo a base de recursos naturales".

Unos nichos más allá, está Rosa Yagán, muerta el 4 de abril de 1983, quien dejó testimonio de su vida en un libro notable de la periodista Patricia Stambuk llamado precisamente "Rosa Yagán".

"Ahora es peor que el diluvio, cuando todo se inundó y se veían unos pocos montes. Los últimos nos estamos muriendo y no podemos volver a sacar a nuestras familias ni a llenar nuestra tierra con yaganes", decía Rosa. "Hoy los yaganes puros que van quedando son las hermanas Ursula y Cristina y Raúl Yagán, que anda de marino quien sabe dónde".

 

Enseñarles a llorar

A Cristina Calderón le gustan las comodidades de la vida moderna a las que tiene acceso: una mediagua, un mercado y una vida sedentaria y no nómade como la de sus antepasados.

Ella y su hermana Ursula son las dos últimas mujeres de su raza. Dos mujeres morenas, de ojos rasgados y nariz chata que cuando sonríen es como si descubrieran el mundo por primera vez.

Cristina tiene 69 y Ursula 75. Quedaron huérfanas de niñas y su educación la asumió una yagana cercana a su clan. A Cristina nunca le gustó viajar tras las nutrias y los lobos marinos. De joven decidió que no se casaría con un yagán "porque si no iba a tener que andar por todos lados navegando".

Tuvo suerte, porque su tutora eligió para ella un marido chilote.

Hace casi 20 años que está en Villa Ukika, el último poblado yagán, ubicado a menos de un kilómetro de Puerto Williams.

Si uno se sube a los cerros que rodean la villa, alcanza a ver las islas Picton, Nueva y Lenox, por las que en 1978 argentinos y chilenos estuvimos a punto de ir a la guerra.

Es una zona de extinción. Hace 150 años las aguas del Beagle hacia el sur eran dominio de los yaganes. Y en las riberas heladas de Tierra del Fuego, las tribus onas y tehuelches perseguían guanacos. A esas dos razas los colonos chilenos y europeos literalmente las cazaron. Pagaban una libra esterlina por una cabeza o un par de orejas. Los cráneos hervidos en calderos se vendían en los museos de Europa.

Al pueblo de Cristina no lo mató sólo las armas de los blancos, sino también sus inmundicias. Los yaganes eran una raza desnuda. Por siglos, su atuendo oficial fue sólo una capa de piel de lobo y un taparrabo. Los occidentales pensaron que debían tener frío y hambre y que, bien educados, podían ser buenos sirvientes. Les dieron ropa, comida, Biblias, alcohol; y microbios a destajo.

Murieron por miles: una simple gripe bastaba para acabar con decenas de ellos. Para qué decir de la tuberculosis.

Y el alcohol acabó y sigue acabando con el resto.

Los años en Ukika han sido los mejores para Cristina. Tiene calefacción, tiene tele, es católica y guarda con especial devoción un rosario que le dio el Papa durante su visita a Punta Arenas en 1987.

-Los antiguos creían en el sol. Cuando estaba amaneciendo, mi abuelo decía "ya se está levantando nuestro señor". Ahora nosotros sabemos que ese es el sol no más, se ríe.

A ella le da pena que su raza se acabe. Pero en realidad piensa que nada se acaba, que quizás se pierda su lengua, pero que puede reconocer su estirpe en sus nietos mestizos, aunque no hagan nada de lo que hacían los antiguos.

Sólo siente cierta nostalgia cuando ve por televisión las ceremonias que tienen otros pueblos, como los mapuches.

-Acá no tenemos ceremonias. Y si las tuviéramos, muy pocos participarían.

A nadie le gusta ser yagán. La mayoría no quiere hablar nuestra lengua.

Mis papás no querían enseñarme porque decían que era fea, que la gente blanca se reía. La otra vez mi nieta me dijo "me dicen india, negra" y yo le dije, "por qué te vas a enojar si sos morena, si sos de mi raza.

Cuando te dicen que eres india tienes que decir: sí, y qué". Pero hay otras niñas que lloran; y yo digo que es porque les enseñan a llorar por eso.

Lidia González es hija de Cristina. Es monitora de un jardín infantil étnico, creado en Puerto Williams para que los descendientes de yaganes conserven sus tradiciones y su idioma. De los 20 niños que corretean por el jardín, sólo uno es yagán. "En la comunidad hay otros cuatro o cinco niños, pero sus madres están resentidas por la discriminación que ellas sufrieron cuando niñas; y no quieren que ellos asuman su raza", dice Lidia.

En el colegio que está al lado, los descendientes de yaganes suman una docena. Y entre los 18 y los 25 años, Lidia González calcula que hay otro tanto. Para ellos, la situación es la misma: "Tienen una autoestima muy baja. Yo soy descendiente de yagán y no me siento menos que nadie. Pero ellos sí se sienten menos".

 

Cambiar el nombre

Al otro lado del estrecho, en Punta Arenas, Ursula Calderón se recupera de unas quemaduras en sus pies. "Estoy vieja, dice. Me estaba haciendo un mate y me eché el agua en las piernas".

Ursula vive en una casa de la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (Conadi). Consciente de su importancia como cuasi única vocera del pasado yagán, cobra por las entrevistas. Por dos mil pesos se deja fotografiar y cuenta todas las aventuras posibles sobre sus antepasados y sus vidas.

Ella fue la última yagana que anduvo "nutriando" en los canales del sur, sobre un bote a remos.

"Yo conozco los canales desde Punta Arenas hasta Williams. Con mi marido navegamos muchas veces por acá, en 1940. Andábamos en carpas. En verano era muy lindo, pero en invierno era terrible".

Ursula y Cristina viven de una pensión que les da el Estado y de la venta de artesanías a los turistas que vienen a conocer a las sobrevivientes del fin del mundo.

Cuando están juntas forman una buena dupla. Ursula cuenta de los viajes en canoa y Cristina de los chiejaus, esas ceremonias de iniciación con que los jóvenes pasaban a la vida adulta.

Entre las tradiciones que se les transmitían en los chiejaus había una respecto de los muertos, muy importante: nadie podría volver a nombrar al difunto. Sus cosas permanecerían con él, incluyendo su nombre.

Para los deudos, no habría otra herencia que disputar que la tristeza por su partida.

Sobre Raúl Yagán, Ursula y Cristina dicen que era su pariente: el hijo que un hermano de ellas no quiso reconocer, porque no estaba seguro de su paternidad.

-Pero Raúl era nuestro sobrino. Nosotros éramos su única familia. En Ukika hay una gente que le dice tío pero eran amigos no más. El trabajaba, tenía buena plata. Quizás a quién le dejaría la herencia, asegura Ursula.

 

Una muerte chilena

Ahora Raúl Yagán está bajo tierra. Y de su vida es poco lo que se sabe.

Pertenecía a una raza de las que muy pocos quieren confesarse miembros.

-No hablaba mucho el tío Raúl, dice Blanca Garcés, su sobrina. No sabría qué decirle de él.

Blanca es yagana mestiza. Yagana mezclada con chilote.

Al contar lo que sabe de Raúl, Blanca revela también lo poco que conserva de la historia de su pueblo. Hoy lamenta no haber hablado más sobre las tradiciones de "los antiguos" y no tener algo que traspasarle a sus hijos.

Sabe, por ejemplo, la historia de la muchacha que fue raptada por un lobo marino y que terminó enamorada del animal. Pero no conoce el final de la fábula ni tampoco lo que significa.

Raúl era un yagán silencioso. Nació en Puerto Williams, nunca navegó por los canales, ni cazó nutrias. A los 17 años entró a la Marina y durante casi 40 años trabajó en la dirección de obras de la Armada en Punta Arenas. Fue un funcionario ejemplar. Según su jefe Vicente Peña "tenía como virtud que al hablar decía lo justo y necesario".

Vivió como chileno medio, al tres y al cuatro, alimentándose de colesterol y estrés. A los 57 años, murió como se mueren los chilenos en los ¹90: de un ataque al corazón. Y fue enterrado como tal, mientras algunos de sus parientes se preguntaban si había dejado herencia.

Sabía que era el último de su estirpe y no dejó descendientes.

La suya es una historia trunca, como la del lobo y la yagana. No sabremos nunca cómo habría terminado de haber tenido otra oportunidad. Pero sí sabemos lo que significa: genocidio.

De varios miles de indígenas que había a fines del siglo pasado, hoy quedan en la zona cerca de 50 descendientes de yaganes.

Blanca se queda en silencio tratando de recordar algo más. En el living, su hijo hace zapping en el televisor hasta encontrar el Cartoon Network.

En Ukika tienen TV-Cable, como en todo Chile. Tal vez en el Discovery pasen algún documental sobre los yaganes.

Fuente: La Tercera en Internet14 de Septiembre de 1997

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