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Enviado por Javier Blázquez
Desde España

El Gobierno británico acaba de aprobar recientemente varias medidas que permiten a las compañías de seguros solicitar información genética a los ciudadanos. Esta singular y sorprendente decisión ha generado, como consecuencia, cierta inquietud y preocupación, principalmente entre las personas preocupadas por su salud.

El tema demanda una mínima reflexión.

1. Inicialmente, va a ser la enfermedad de Huntington la que abra la espita. Esta patología se caracteriza por manifestarse hacia los 40 años y es, de momento, degenerativa e irreversible. Pero el riesgo de que aumente la lista a otras nueve enfermedades, entre ellas el cáncer de mama, ha provocado una cierta alarma social. Pues el futuro es para todos incierto e imprevisible. Y nadie está exento de enfrentarse, antes o después, con afecciones inesperadas, o que todavía no se han manifestado por medio de síntomas.

El problema, examinado desde una perspectiva económica, parece claro. Se permite rentabilizar a ciertas empresas el uso comercial de determinada información genética. Y esta información desvela datos biológicos sobre personas cuya privacidad se ve afectada. Sin tener en cuenta la decisión del ciudadano sobre su propia intimidad.

De hecho los portadores de determinados genes, proclives por ejemplo a desarrollar una determinada enfermedad, pueden verse obligados a pagar pólizas de seguros con primas que se incrementan hasta el 300%.

Incluso en algunos casos podrían quedar excluidos, si las compañías de seguros estimaran que el historial genético del cliente constituye un riesgo que augura dudosa rentabilidad. De lo cual cabe deducir que el beneficio económico para la empresa parece obvio. Pero ¿qué pasa con los ciudadanos? ¿en qué situación de impotencia e indefensión quedan a partir de ahora los pacientes, presentes y futuros?

Como es obvio esta nueva situación genera cuando menos lógica incertidumbre y preocupación. Máxime si se piensa en la posible discriminación que puede producirse también, de seguir en esta dirección, en el mercado laboral. Es decir a través del uso interesado y excluyente de la información genética. Quizás nos encontremos a partir de ahora ante una nueva modalidad de injusticia, de nuevo rostro, que podría denominarse ¿injusticia genética...?

2. A este respecto conviene precisar por otra parte, que existe realmente una gran confusión en torno a la incidencia de la genética en la vida de las personas. Motivada sobre todo esa confusión por falta de información precisa. Así en una encuesta realizada recientemente en EE.UU. por los Centros de Control de Enfermedades, la mayor parte de personas con edad superior a 45 años magnificaban la importancia de los genes. Pues consideran que la dotación genética es la responsable de la salud y enfermedad. Dejando de lado la trascendencia que puede tener para la vida de cada persona, otros aspectos tan decisivos como son sus hábitos, condiciones ambientales, laborales, posibles adicciones, etc.

Obviamente no tiene ningún sentido defender una especie de reduccionismo genético. Ni tampoco dogmatizar sobre el falso determinismo genético. Ese es un grave error histórico, de lamentables consecuencias que ya padecimos históricamente con el nazismo. En el cual conviene no incurrir de nuevo.

Es curioso observar a este respecto cómo cada día constatamos un mayor interés por los avances de la biomedicina, así como un progresivo seguimiento de las posibilidades terapéuticas que genera el Proyecto Genoma Humano. De hecho los nuevos e incesantes descubrimientos sobre genes implicados en enfermedades, saltan a los medios de comunicación constantemente. Y generan expectativas y grandes posibilidades terapéuticas.

Sin embargo, paradójicamente, conviene advertir que ésa es tan sólo parte de la verdad. Porque realmente el grado de conocimiento no genérico sino concreto y preciso sobre la incidencia de la genética en el ámbito de la salud, es muy particular y en cierto modo limitado. No sólo entre los ciudadanos en general, sino también, incluso entre los responsables y mandatarios políticos. Y esto ultimo es no sólo sorprendente sino en cierto modo arriesgado y preocupante.

En este sentido tras su experiencia como Presidente del Comité Bioético del Consejo de Europa, el Dr. Octavi Quintana comentaba recientemente las graves dificultades que atravesó hace unos años el Proyecto Genoma Humano para ser aprobado en Brucelas. Los propios representantes políticos desconocían y mostraban su temor respecto de las posibilidades reales del Proyecto.¿Motivos? No acertaban a diferenciar las cuantiosas ventajas biomédicas para la investigación y su aplicación terapéutica, de los respectivos riesgos que un uso inadecuado podría generar.

Y éste es, sin lugar a dudas, uno de los problemas clave. La percepción social de la biotecnología, su adecuada comprensión y la desconfianza que provoca. Las razones pueden ser múltiples. Entre otras que los avances logrados en el ámbito de la investigación genética y la correspondiente tecnología biomédica han alcanzado un gran nivel de desarrollo. Posiblemente mayor que la capacidad de la propia sociedad para comprenderlo y asimilarlo, así como para regularlo adecuadamente en términos jurídicos, evitando de este modo las posibles desviaciones en el acceso, control y uso de esa relevante información genética.

3. Por consiguiente para afrontar esta compleja situación la propuesta, desde una perspectiva bioética, ha de ser clara e inequívoca: es preciso avanzar en el ámbito de la investigación genética y biomédica. Pero además, paralelamente, de forma integrada y armónica, también es preciso profundizar en otros terrenos. Entre ellos en el ámbito ético, legal y social. Para regular y conducir adecuadamente el curso de la biotecnología. Teniendo presente que, como señalábamos antes, la falta de información y transparencia genera entre los ciudadanos sensaciones de temor, miedo, en definitiva emociones irracionales.

Y para evitar ese riesgo es preciso fomentar simultáneamente el acceso a la información y educación públicas sobre estos temas. De tal forma que la sociedad pueda alcanzar, progresivamente, una percepción objetiva y ponderada de las posibilidades y limitaciones del desarrollo que la biomedicina puede ofrecer. Pues antes o después nos afectará a todos.

Evitaríamos así por ejemplo el riesgo de convertirnos en personas cuyo código genético, fuera observado -eventualmente- como si de una especie de código de barras se tratase. Y fuese examinado, desde esa óptica, para detectar algún signo o dato no calificado o catalogado como normal.

Por todo lo expuesto y para finalizar, podríamos afirmar que quizás nunca el futuro ha estado tan abierto como hoy, cuando advertimos que nuestro por-venir y el de las generaciones venideras, depende en buena medida de nuestra propia actividad tecnocientífica, así como de las respectivas decisiones culturales que tomemos. Por ello sería deseable, apelando a los principios de respeto y prudencia, que tanto la medicina como la ética y el derecho supieran estar realmente a la altura de los desarrollos tecno-científicos y sus probables impactos sociales.

En última instancia, si observamos este desafío de la biotecnología con perspectiva histórica, podríamos concluir que no sólo podemos intentarlo, sino que además debemos hacerlo. Ese es nuestro reto, nuestro inexcusable deber, y por consiguiente nuestra auténtica responsabilidad.

Javier Blázquez Ruiz
prof. de la UPNA y autor del libro
Derechos humanos y Proyecto Genoma
España
( javier.blazquez@si.unavarra.es)

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Última modificación: Viernes, 21 de Octubre de 2005