Programa Pan Americano de Defensa y Desarrollo de la Diversidad Biológica, Cultural y Social - asociación civil

Trentrenfilú

 

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Alberto Trivero (1999)
  
 Proyecto de Documentación Ñuke Mapu

  
 Dos objetivos personales:

  1. Quedaría muy complacido si alguien tradujera al  mapudungun este texto y me enviara la traducciòn (ojalà en forma electrònica). Por mi parte me preocuparìa de publicarlo en Italia y de enviar una copia del libro a cada escuela y comunidad del area mapuche.  Todo los costos serìan a mi completo cargo.
  2. Me interesa que todo aquel que dispongan de otros elementos que puedan enriquecer el conocimiento de la comogonìa mapuche que se pongan en contacto conmigo para que podamos profundizar juntos al tema: ojalà me envien textos inéditos, mejor si en mapudungun. Mi direccion electronica es la siguiente: Alberto Trivero
ÍNDICE
Premisa

Introducción

Trentrenfilú

1. La morada de los antiguos pillán

2. La grande batalla entre los pillán

3. La creación

4. Los Peñi Epatún y el tiempo de los lituche

5. Al Sol y los füchawitranche

6. La hija del Thrauco

7. La batalla entre Trentrenfilú y Koykoyfilú

8. El sacrificio de Likarayén y el pacto renovado

Análisis crítico del texto

Notas

Bibliografía

PREMISA

Este libro tiene una larga historia y una gestación igualmente larga.

Mi primer encuentro con el mito de Trentrenfilú, el mito cosmogónico fundamental de la cultura mapuche, se dio en 1970, cuando llegué a Chiloé. Fue un viaje inesperado, originado por los “trabajos voluntarios” que un tiempo acostumbraban realizar los estudiantes universitarios durante la temporada veraniega, y me enamoré: de Chiloé y de una chilota. Pues allí me quedé y puse mis raíces, en Achao, un pequeño pueblo en la isla de Quinchao, al centro de un archipiélago de islas menores, donde hay un microclima menos frío y lluvioso. Es por esta razón que en aquellas islas se asentaron los huilliches y es allí donde sobreviven más las tradiciones antiguas y las creencias mitológicas.

En aquellos tiempos, lo aproveché para errar viandante de isla en isla, cruzando playas y bosques, hurqueando entre los matorrales y los roqueríos, aceptando la hospitalidad de los campesinos y los pescadores, que nunca vino a faltar, compartiendo con ellos una cazuela de mariscos y repollos y las papas, sentado en las tablas que rodean el fogón, donde la llama no se apaga nunca y el humo se levanta perfumado de cientos aromas para ahumar las sartas de navajuelas y la carne de chancho y los robalos destripados con su carne enrojecida.

En esos tiempos (así como ahora) la gente desconfiaba del forastero. Se negaba a contestar a las preguntas, afirmaba de desconocer aquello que conocía, rechazaba públicamente las mismas ideas que profesaba escondidamente, acusaba de brujería quienes pensaban como ellos mismo pensaban. Todo aquello por miedo del juicio negativo de los que, llegando de lejos y nada conociendo de sus tradiciones, menos tenían derecho de opinar.

Pero de a poco logré superar el desconfío y me gané la confianza de los ancianos que empezaron a hablarme de muchas cosas, cada vez con más franqueza y con menos recelos. Tal vez porque yo no opinaba nunca. Solamente escuchaba, con respeto, sin tratar de entender o interpretar o explicar cuanto me decían: solamente escuchaba. Y de a poco, esos cuentos alcanzaban mis entrañas y se volvían parte de mi ser y de mi creer.

Conocí brujos y machis, castellanos y naturales, niños y ancianos. Dialogué largamente con un anciano lonko ciego y con un sabio machi depositario de las antiguas sabidurías del pueblo huilliche. Huilliche, porque desde el primer momento mi interés anduvo sobre todo en esa dirección.

Naturalmente había leído lo que se había publicado sobre mitos y tradiciones chilotas. Pero lo que leí no me gustó. Entreveía en aquellos cuentos una grande sabiduría y experiencia, pero banalizada en cuentos fabulosos y desconectados de un real contexto, que lo único que se proponían era de entretener sin obligar a pensar algo más. Interpretaciones intelectuales muy “ahuincadas” de quien poco conocía la realidad indígena, y aún menos trataba de conocerla.

Por lo que se refiere a Trentrenfilú fue para mi fundamental el encuentro con un machi de Metahue, en la isla Butachauque. Había ido a la isla durante una elección administrativa (yo representaba al socialista achaíno, Rafael Vivar, que se candidaba para alcalde) y, ya no me acuerdo como ni por que, fui a parar a la casa de ese machi. Pasaron las elecciones y vinieron unos días de tiempo muy malo, con un oleaje que no alcanzaba las playas del estero de Metahue, pero impedía de tomar el mar y regresar a Achao. Entonces pasé largas horas con aquel machi (vivía solo), sentado al lado de la cocina a leña, hablando de mil cosas.

Entendí con él que existen poderes que van más allá de lo físico, pero que no por éso son ménos reales. Lo acompañé donde un enfermo, un moribundo, y vi desde su comienzo hasta su conclusión como se realiza un machitún (pero de esto no quiero hablar) y vi al enfermo mejorarse. Vi al machi aplicar a mi mismo algunos de sus poderes, tal vez para ponerme a prueba. Pero no tuve nunca miedo, no porque yo sea particularmente animoso, sino porque le tenía una confianza total al poder, a la sabiduría y al buen sentimiento de aquel machi.

Una noche yo me fui de su pequeña habitación para ir a la playa, en la casa de un campesino donde alojaba. No había mucha distancia que recorrer, y no había como perderse. Sin embargo no logré alejarme de la casa del machi. Cuando salí, me había despedido de él, pero él me lo había dicho: “¿estás seguro que te vas?”, me preguntó y yo le había contestado que “claro, que me voy”. Pero él añadió: “no estés tan seguro”. Y yo, una vez solo, empecé a dar vueltas y vueltas alrededor de su casa, sin lograr alejarme de ella, hasta que volví a golpear a su puerta. Él estaba allí, esperándome: “¿viste que no te fuiste? Nunca hay que sentirse seguro de nada, mejor dudar siempre, es que. Ahora es tarde: quédate acá y te irás mañana”.

Pero no nos acostamos: transcurrimos la noche tomando mate con pisco y me habló de muchas cosas, también de las cuevas (“no existe solamente la cueva de Quicaví - me dijo - sino también está la de Chequián”) y de los mitos. Entonces le pregunté por Trentrenfilú (o Tentevilú, como dicen los chilotes) y entonces él empezó a narrar, y lo que me contaba era mucho más rico y profundo de lo que había leído hasta el momento. También me habló de otros mitos, y de Likarayén, y del Thrauco, y de cuando los “dioses” eran puras luces y se pelearon entre ellos, y de cuando la primera mujer (una estrella que los dioses donaron como esposa al primer hombre) creó los bosques y las flores, los peces y las mariposas, los pájaros y las cholgas, “porque la mujer crea la vida - me explicaba el machi - pues ésto es su poder mágico”.

Anduve en muchas otras islas y alcancé otras playas de los mares chilotes y tantas otras veces alrededor del fogón o sentados al lado de la cocina escuché los antiguos relatos. También recorrí los montes de Llanquihue y transcurrí las noches escuchando historias similares. Cerca de Osorno me hablaron de la grande lucha que hubo entre los pillan antes que el tiempo tuviera su comienzo y del castigo que les tocó a los pillán derrotados, constreñidos en las entrañas de los volcanes, y también me dijeron mucho más acerca de Likarayén. En Chequián, donde pude visitar la cueva sagrada, me hablaron del Thrauco y del enlace de sangre que lo une a Koykoyfilú (Kaikauvilú para los chilotes). En Tenaún, cerca de la cueva de Quicaví (que no pude nunca conocer) me explicaron que es lo que hay por de bajo de la creencia chilota del caleuche, un mito de evidente origen occidental, que encubre una tradición huilliche mucho más antigua. Y así en Meulín, en Linlín, en Mechuque, en Matao, en Compu ...

Si bien cada uno de aquellos relatos era narrado como si fuera algo cumplido y aislado de los otros textos, sin embargo empecé a darme cuenta de que siempre había un hilo conductor único, como si todos esos mitos fueran los fragmentos de una narración original unitaria muy compleja. El personaje que aparecía al final de un relato, era el mismo que daba comienzo a otro, o bien dos relatos, en apariencia independientes, se completaban el uno con el otro y solo uniéndolos se volvían plenamente inteligibles.

Así que cuando en 1990 se realizó en Italia un encuentro intercontinental de chilotes en el exilio (al cual me obligó la dictadura de Pinochet) presenté un escrito donde daba una forma unitaria a gran parte de los mitos chilotes, hipotizando que en comienzo el mito fuera uno solo y que se fragmentó en época colonial, hasta perder la memoria de su unitariedad original.

Christian Díaz, un investigador chilote muy competente y presente al encuentro, no se encontró de acuerdo y consideró que unir todos esos relatos en una narración unitaria fuera una arbitrariedad. Tenía razón, porque sin duda para realizar mi intento de unir esos fragmentos en un solo texto, tuve que modificar nombres y adaptar muchos otros elementos. Sin embargo el mismo Christian, unos seis meses más tarde, me envió desde Oslo un par de artículos que acababan de aparecer en la literatura universitaria donde se reportaban algunos textos de comienzos del siglo XVIII en los cuales aparecía una cosmogonía mapuche que reunía muchos elementos míticos en un solo relato unitario: elementos que ahora tienen vida “independiente”. Y en sus líneas fundamentales, ese relato resultaba muy parecido al que había escrito yo uniendo todos los que, arbitrariamente, consideraba “fragmentos” de un todo unitario.

Entonces me animé a reconsiderar mi trabajo de sincretismo y en 1993 publiqué en Italia “Tentenvilú” que tuvo muy buena acogida de parte de los lectores.

Después da haber publicado ese pequeño librito, por algunos años no me empeñé más en profundizar ese tema. Sin embargo seguía juntando materiales acerca de aquel mito que para mi no había perdido de ninguna manera su embrujo: solamente podía reunir unas que otras publicaciones, pues no tenía la oportunidad de realizar investigaciones en el campo.

En los últimos meses de 1996, volví a empeñarme en el estudio de Trentrenfilú porque algunos amigos me proponían de realizar una segunda edición de Tentenvilú y durante esos tres años había conseguido materiales que me permitían ser mucho más preciso y, sobre todo, distinguir los elementos de derivación cristiana (y por lo tanto colonial) de aquellos auténticamente mapuche-huilliches.

Me puse a la obra, pero - no sé porqué - los dedos no obedecieron a mis comandos y escribieron otras cosas: así que en lugar de reescribir el antiguo mito, la fantasía se impuso por encima de la razón y nació una novela, Mapu Domo, en la cual el mito de Trentrenfilú es constantemente presente y se entrecruza con la novela misma. En Mapu Domo, mujer de la tierra, describo la vida de una niñita, hija de una violación, y su transformación en machi, hasta que a los quince años ofrece su propia vida para ser una mensajera entre su pueblo y el mundo de los espíritus de los antepasados. Es una “novela antropológica”, en el sentido que a la ficción del relato es un instrumento para describir con muchos detalles la cultura y las costumbres de los huilliches de Chiloé en los tiempos en que ocuparon el archipiélago, mucho siglos antes de la conquista española.

La escritura de esa novela me empeñó muchísimo, pues me obligó a documentarme sobre rituales y costumbres. Además para compenetrar más en la mentalidad de aquel pueblo me empeñé en el estudio del mapudungún, la lengua de los mapuches. Terminado el borrador de mi novela, me fui a Chile para encontrarme con mapuches y huilliches y confrontarme con ellos - y también con numerosos exponentes del mundo académico de las diferentes escuelas de antropología - y así precisar y corregir donde necesario el texto. La origen huilliche de mi esposa me facilitó grandemente en ser “aceptado” por los mapuches, que también me permitieron participar (participar, no asistir simplemente) a algunos rituales religiosos.

Fue también una excelente oportunidad para conseguir publicaciones y también documentos de diferente natura acerca del mito de Trentrenfilú (tejidos y platería con dibujos que se refieren a ese relato, fotografías antiguas, textos en mapudungún). Me faltaba documentación relativa a la visión que tenían los mapuches del otro lado de la Cordillera andina, los de Neuquén: allí tuve el socorro de una amiga virtual (conocida a través de internet) que me facilitó un libro donde se transcriben un gran numero de relatos recopilados en esa región.

Así que encontrándome en la disponibilidad de toda la documentación necesaria, volví a escribir una segunda versión del mito de Trentrenfilú, mucho más extendida que la primera y, sobre todo, más “depuradas” de los elementos extráneos de origen colonial.

No soy un antropólogo y, por lo tanto, no tengo las “obligaciones” que tienen los académicos. Mi texto no es una “transcripción literal”, sino una “reescritura muy libre”. Desde luego, “libre” no significa “fantasiosa”, pues he tratado de mantenerme siempre muy fiel al “sentir” de los textos originarios: pero no me preocupé mucho de ser igualmente fiel a su “expresión formal”.

Es muy difícil transcribir un texto (de cualquiera clase) que pertenece a un pueblo que no posee un idioma escrito, pues su forma de expresarse es muy diferente de la nuestra. A veces se afirma que un buen escritor “escribe como habla” (desde luego, ¡se supone que hable bien!), pero la verdad es que ocurre exactamente lo contrario: hablamos como escribimos y hablamos en la forma en que lo hacemos justamente porque poseemos la escritura.

La escritura nos acostumbró a “describirlo todo” en lugar que “interpretarlo”. Por ejemplo, si estamos narrando un cuento a un niñito, a través de las palabras tratamos de describir de la forma más completa lo que queremos relatar y vamos a decir: “el rey dijo a su ministro con voz grave y dándole un puñete a la mesa con su mano derecha '¡tráeme al rebelde!' y entonces el ministro se alejó callado y triste moviendo desconsolado la cabeza”. Un pueblo que no tenga escritura va a interpretar ese mismo trozo de forma muy diferente y, en apariencia, muy pobre, pues lo reduciría a lo esencial: “el rey dijo al ministro '¡tráeme al rebelde!' y el ministro se fue”. Nada más.

Esto no sucede porque el idioma sea pobre y no tenga un vocabularios suficientemente vasto como para expresar todos aquellos conceptos. Es porque el narrador no describe, sino “interpreta”: así que cuando habla del rey, su voz se pondrá grave y dará el mismo un puñete a una mesa imaginaria con su propia mano, y después se alejará triste y moviendo desconsolado su cabeza, mimando al ministro del rey. En la manera de los antiguos de relatar un cuento, mimar a los personajes es tan importante cuanto describirlos. Y la forma de mimar no es individual y arbitraria, sino fijada por la tradición. Es decir, es una parte integral del texto que no se expresa con palabras pero que es tan importante y ritual cuanto las palabras.

Entonces yo creo que si queremos verdaderamente transcribir un relato de un pueblo antiguo que no posee escritura, no podemos limitarnos al texto formal, sino tenemos que añadir todos aquellos elementos que el relator original mimó con su propio cuerpo y expresión.

Eso es lo que traté de hacer yo. Añadí a mi texto la interpretación que el narrador le dio al texto y, cuando mi fuente fue literaria, traté de imaginarla. Todo esto es arbitrario, sin dudas, pero también es arbitrario transcribir solamente la parte literaria de un texto antiguo, pues se le quita una parte esencial.

Así que traté de restituir al relato antiguo toda su musicalidad y riqueza, usando las palabras en lugar de la mímica, pero evitando por cuanto posible de deformarlo o “reinterpretarlo” según mi visión personal. Es lo mismo que hice en 1993, cuando escribí la primera versión de Tentenvilú. Tuve la ocasión de leer mi libro a algunos mapuches y ellos me dieron la grande satisfacción de decirme, al final de mi lectura: “feyürke may: eimi ta mupin ngütramkafé (es justamente así: tú eres un verdadero narrador de los antiguos mitos)”.

Introducción
 

El mito de Trentren y de Koykoy es el más importante entre los textos tradicionales mapuches y es uno de los más representativos de la cultura indoamericana. En “Mitológica III: el origen de las maneras de mesa” (México, 1970) C. Lévi-Strauss sostiene que el mito mapuche es la interpretación local de un anterior conjunto mítico panamericano, opinión condividida también por muchos otros antropólogos, pero no aceptada universalmente.

Este mito está difundido en toda el área sometida a la influencia de la cultura mapuche. Por muchos aspectos, no pueden considerarse un mito del pasado, sino algo presente, que sigue cumpliéndose y que puede en cada momento repetirse.

Las versiones que todavía vienen recopiladas y que por lo tanto constituyen la “memoria actual” del mito, están profundamente condicionadas por la acción de los misioneros cristianos, tanto católicos cuanto evangélicos. Por lo tanto el relato bíblico se entrelaza constantemente con aquello y muy a menudo aparece tanto la figura de Noé en el rol de salvador de los mapuches antiguos (los lituches), cuanto el instrumento del Arca. En algunos relatos del área huilliche de Osorno, hasta se cita el monte Ararat.

Cuando se despoja al mito de todas las añadiduras modernas y cristianas, entonces se ponen en buena evidencia los dos aspectos fundamentales que caracterizan el relato:
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la memoria histórica de un acontecimiento real, es decir el levantamiento de las aguas del océano Pacífico;

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la memoria cultural del conflicto social que caracteriza el aparecer de la cultura agrícola (donde la mujer asume un rol principal) que se contrapone a la cultura pastoral y recolectora (donde el rol del hombre prevarica al de la mujer).

Si esta interpretación es correcta, entonces el mito de Trentrenfilú es mucho más antiguo de lo que generalmente se supone.

M. J. Molina en “Patagónica: prehistoria, tradiciones y mitología” (Roma, 1976) analiza la historia geológica de la Patagonia y llega a la conclusión que alrededor del 7000 aC se produjo un cambiamiento brusco de la temperatura y que las aguas se levantaron de unos 20/40 metros, alcanzando los niveles actuales. Sin embargo el mito no describe una variación que se produce en tiempos geológicos, sino un levantamiento brusco del mar.

Es posible que exista una memoria histórica de dos acontecimientos diferentes: aquello geológico, lo cual supondría que hay una continuidad de poblamiento en el área desde por lo menos unos 10.000 años (aunque con una gradual superposición de culturas diferentes, pero sin soluciones de continuidad) y un cambiamiento climático repentino (como puede ser la variación de rumbo de la corriente de Humboldt) relacionado con un momento de intensa actividad volcánica.

Por lo que se refiere al contraste entre los recolectores y los pastores por un lado, y los primeros agricultores por el otro, los recientes descubrimientos arqueológicos de Monte Verde, cerca de Maullín (Llanquihue) y de Quetalmahue, cerca de Ancud (Isla Grande de Chiloé), demuestran que hace unos 10.000 años aparecieron los primeros ejemplos de cultivo del poroto (y muy probablemente también de la papa). Por lo tanto la agricultura en el área mapuche-huilliche es mucho más antiguo de lo que se suponía en el pasado.

Es posible que el mito de Trentrenfilú remonte al séptimo milenio antes de Cristo. Seguramente el profundo cambiamiento climático que dio término a la glaciación fue acompañado por eventos geológicos y climáticos también traumáticos y no tan sólo graduales. Eventos que traumatizaron a los moradores de la región mas impactada (Llanquihue/Chiloé) y que se insertaron en los conflictos más culturales que raciales que seguramente hubo entre recolectores, pastores y agricultores y que se reprodujeron también al interno del mismo grupo tribal cuando empezaron a coexistir las diferentes economías de sustentamiento.

En el tema, es muy importante la frecuente referencia al castigo por haber abandonado las tradiciones antiguas (es decir, recolectoras y pastorales), por haber ofendido la tierra surcándola y pretendiendo que ella diera sus frutos según la voluntad de los seres humanos, por haber abandonado las mujeres su rol tradicional, pretendiendo asumir un papel de mayor realce.

El mito probablemente tuvo su origen en el área geográfica más desbarrajada por el levantamiento de las aguas del mar: es decir el huillimapu, la región de Llanquihue. En efectos, las tradiciones huilliches y chilotas son muchos más articuladas y ricas de detalles que aquella más propiamente mapuches, aunque las primeras también han subido mucho más intensamente la influencia de las tradiciones cristianas y aparecen culturalmente más sincretizadas. La importancia sobrada del mar en el relato es un elemento más para suponer una origen huilliche.

Sin embargo, el espíritu y el sentido del mito son siempre coherentes con la cultura mapuche, elemento más a demostración de la unidad substancial de la cultura mapuche, siendo la huilliche tan sólo su adaptación a un medio geográfico diferente.

El mito tiene que ser analizado teniendo bien presente la religiosidad mapuche y sus conceptos fundamentales.

Las creencias religiosas mapuches se fundamentan en el culto a los espíritus de los antepasados (míticos o reales). Aquellos no corresponden a “divinidades”, así como vienen entendidas en el mundo occidental. Tampoco en la religiosidad mapuche existe un “Dios” supremo, creador del universo o del hombre, si bien la palabra “Ngenechén” generalmente viene traducida con “Dios”: pero se trata de una equivalencia forzosa, creada por los jesuitas en su afán misionero en los siglos XVII y XVIII, con el fin de hacer más acepto y comprensible el concepto cristiano. Hasta en relación al hombre, el mapuche distingue entre un espíritu creador, Elche, y otro que gobierna a los humanos, Ngenechén.

El proselitismo de los jesuitas (quienes, por otra parte, eran grandes estimadores de la profundidad del pensamiento trascendental mapuche) creó un gran número de equivalencia que no son tales y que, siendo absorbida por la cultura mapuche, naturalmente sincrética, generaron una enrome confusión que todavía no se supera.

El pensamiento religioso mapuche, antes de cualquiera influencia cristiana, puede resumirse de la forma siguiente:

Al este existe el mundo del bien, el wenumapu, y al oeste aquello del mal, el minchemapu. Tanto la humanidad, che, cuanto los espíritus de los antepasados, pillán, participan de los dos mundos, manteniendo un equilibrio dinámico entre el bien y el mal.

Existen también unos espíritus malignos, los wekufe. Sin embargo en la visión mapuche mal y bien no están tan radicalmente contrapuestos como en la cultura cristiana, así que puede ocurrir que los wekufe actúen para bien y los pillán para mal, sin que se produzca alguna confusión entre las dos clases de espíritus. Eso no ocurre porque la religiosidad mapuche no sepa distinguir perfectamente y en cualquiera situación entre el bien y el mal, sino porque considera que el uno no puede existir sin el otro.

Finalmente existen los ngen que son unos espíritus primordiales a los cuales les corresponde gobernar a todo lo que existe: la naturaleza, las cosas inanimadas y animadas, los seres humanos y los mismos pillán. La raíz ngen en calidad de substantivo indica la esencia de una cosa, como prefijo (ngen-) indica la calidad de gobernar algo y como desinencia (-nge) describe el modo de ser de alguna cosa. También puede ser una terminación verbal (-ngen) y en este caso tiene el significado de “ser” o de “engendrar” (pero no el de “crear”). Ngen, por lo tanto, puede interpretarse como “aquello que es” y expresa un sentimiento de eternidad.

La raíz que traduce el concepto de creación es el y Elche es el creador de los hombres. Pues el ser humano tiene un creador, Elche, diferente de quien lo gobierna, Ngenechén. Es posible que también hubieran otros “El-”, pero no hay memoria.

Para la cultura mapuche, el fin del ser humano es aquello de recorrer un camino que le permita de conquistar el conocimiento en sus cuatro formas: la creatividad, la imaginación, la intuición, la comprensión. Si logra cumplir con este camino, alcanza el conocimiento de su propio ser y de su rol, es decir, se adueña de su propio filew y a la conclusión de su vida terrenal puede convertirse en un pillán. Por lo tanto no hay una separación neta entre el espíritu divino y los seres humanos, no solamente porque los segundos han sido engendrados por los primeros, sino porque pueden ellos mismo convertirse en pillán y así vivir en el wenumapu.

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De aquí la importancia extraordinaria que adquiere para la cultura mapuche el respeto hacia los padres (y muy especialmente hacia los abuelos), lo cual es el primero entre todos los deberes del admapu, el conjunto de las tradiciones. Pero no se trata de un deber en un solo sentido: el ánima de un ser humano puede convertirse en pillán (o en wangulén si se trata del ánima de una mujer) solamente cuando existe una grande descendencia que siga recordando al muerto y honrando su memoria. Por lo tanto tener numerosos hijos que a su vez engendren un gran número de nietos es una necesidad fundamental para cada mapuche. De allí que no tener descendencia es para el mapuche un verdadero drama, pues queda comprometida la posibilidad de cumplir con su filew y de alcanzar al wenumapu.

En el aspecto ritual, la religiosidad mapuche no se expresa por medio de templos un otras construcciones con carácter de sacralidad: al contrario, se traduce en un íntimo contacto con la naturaleza, la Ñuke Mapu. Por lo tanto un claro en el bosque, rodeado por árboles (ojalá sean canelos) y purificado a través de bailes rituales, es para ello el templo más sagrado. La sola construcción que admiten es el rewe, un tronco de canelo en el cual han sido labrados unos altos peldaños que permiten al oficiante, el machi o el ngenpín, de subir a su ápice.

Entre los numerosos rituales religiosos de los mapuches, todos siempre comunitarios, el más importante es el ngillatún, la rogativa, por medio del cual se piden a los pillán beneficios y también se les agradece por cuanto recibido.

No es fácil entender la religiosidad mapuche si antes no se comprende su visión del ánima, tan profunda cuanto compleja.

Para el mapuche el ánima del ser humano siempre vive en íntimo contacto con la naturaleza y, sobre todo, con los arboles: de allí la celebración de todos sus rituales en los claros entre los árboles. Para ello, antes que todo, existe una ánima universal que permea todo lo viviente: el Pu- Am. De esta ánima universal se desprende aquella de cada hombre, el am, que acompaña su cuerpo hasta que vive. Pero no solamente el hombre tiene su am: todo ser viviente posee su propia ánima. Solamente los wekufe no posee ánima (wekufe significa “que está afuera”).

Cuando el hombre se muere, su am se convierte en pillü y se resiste a alejarse de su cuerpo. Pero el estado de pillü es muy peligroso, pues el wekufe puede adueñarse de esa ánima y esclavizarla. Para salvarse, ella tiene que viajar a la isla de Ngülchenmaywe, la isla de los muertos que se puede alcanzar con las ayuda de las tempulkalwe, unas mujeres-ballenas que tienen el rol de “balseadores de ánimas”, donde se convertirá en alwe. Por ésto en el funeral los parientes y amigos del difunto tratan de ahuyentar su ánima con gritos y golpes. Bajo la forma de alwe, el ánima podrá regresar cerca de sus queridos sin que los wekufe puedan amenazarla, y así ayudar a sus descendientes, sobre todo a sus nietos.

En algunos casos, siempre en Ngülchenmaywe, el pillü se transforma en pillán (o en wangulén).

Finalmente con el transcurrir del tiempo, cuando ya los descendientes del muerto han perdido la memoria del difunto, su alwe vuelve a reunirse al Pu-Am y así el ciclo alcanza su conclusión.

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En el tamborcito sacro y ritual, el kultrún, a través de una cruz que divide su superficie en cuatro campos en cada uno de los cuales hay un símbolo, el mapuche representa de forma muy sintética su visión del cosmos, del ser humano, del ánima y de la vida. Otras expresiones gráficas de su visión religiosa podemos encontrarlas en las decoraciones de los ponchos y, sobre todo, de los trariwe, las fajas con las cuales las mujeres (y antiguamente también los hombres) ciñen su cintura. En fin, también son expresión de la religiosidad mapuche las esculturas de madera, los mamülche, que señalan las tumbas en sus cementerios tradicionales.

Los ritos vienen oficiados por los ngenpín, sacerdotes que logran comunicarse con los espíritus y que asumen el rol de intermediarios entre aquellos y los seres humanos, y por los machi, chamanes y curanderos que poseen conocimientos mágicos y lo aplican a favor de la comunidad. También existen los kalku, brujos al servicio de los wekufe, los cuales poseen conocimientos mágicos similares a los de los machi, pero los emplean para dañar la comunidad.

Los espíritus de los antepasados, los pillán, y también los numerosos ngen intervienen muy a menudo en los asuntos humanos a través del dominio de las fuerzas naturales. Así mismo los hacen los wekufe, por lo general con la ayuda de los kalku. Los primeros premian a los hombres que se mantienen fieles al admapu a través de los frutos de la naturaleza, mientras castigan (o permiten a los wekufe de castigar) con la sequía o las inundaciones, los terremotos, las enfermedades.

Premios y castigos, pillán y wekufe, rituales mágicos y religiosos, todo ésto aparece en el mito de Trentrenfilú y es solamente a la luz de la religiosidad mapuche que el mito puede encontrar un verdadero entendimiento.

TRENTRENFILÚ
1. La morada de los antiguos pillán(1)

Rüme fuchá kuifi(2), al comienzo de los tiempos, mucho antes que el tiempo mismo tuviera su comienzo y empezara a fluir, tan sólo había una grandísima obscuridad. La más grande oscuridad era lo que había antes que el tiempo tuviera su comienzo. 

El mapu era obscuro. Obscuro era el mapu y en ello no había altura alguna. Ningún volcán ni ninguna colina interrumpían la línea lejana del horizonte. Tampoco había ningún lafkén(3) que lamiera las orillas del mapu. No había ningún lafkén donde los peces pudieran nadar moviendo sus colas sinuosas. Tampoco había mawida(4), ni árboles, ni animales que pudieran encontrar refugio entre sus matorrales. 

El wenumapu(5) era obscuro. Obscuro era el wenumapu pues todavía no había estrellas que alumbraran la noche, ni tampoco Antü cumplía con su camino, así que no había luz del día y era siempre noche. Ninguna luz lograba interrumpir el profundo sueño del wenumapu y ninguna aurora sobrevenía para dar término a esa noche tan larga. 

El ankawenu(6) era obscuro. Obscuro y vacío era el ankawenu y ninguna nube se balanceaba en él con su vientre lleno de lluvia. Tampoco había mariposas que aletearan en el aire, ni pájaros que lo llenaran con sus cantos.

Lejos, pero muy lejos; arriba, pero muy arriba, al este, pero muy al este; mucho más allá del ankawenu que se levantaba por encima de un mapu chato y estéril y mucho antes que el tiempo empezara a fluir lentamente, allá estaba el lugar donde habitaban los espíritus antiguos. En el wenumapu vivían los espíritus antiguos, desde antes que el tiempo tuviera su comienzo.

El wenumapu es muy luminoso. Luminoso es el wenumapu y resplandeciente de luces y de colores, porque la luz y el color son engendrados por los mismos espíritus antiguos. El, ngen, pillán y wangülén: ninguno de los espíritus antiguos tenía forma ni cuerpo alguno, aunque ellos pudieran asumir cualquiera forma y cualquier cuerpo, según fuera su voluntad y deseo. Los espíritus antiguos están hechos de luz, pasión, intuición, sueño y comprensión. Pu-am participa de todos ellos y todos ellos son parte de Pu-am. Por esta razón es tan luminoso el wenumapu.

Algunos dicen que Antü es el más poderoso de los antiguos pillán. Algunos dicen también que Antü es el más antiguo, pero también es joven y valiente, porque los pillán no tienen edad y para ellos es como si el tiempo no pasará. 

Sin edad son los pillán y las wangülén, y también sin edad son los ngen y los el. Algunos dicen también que Antü es el más kimche(7), pues él posee grandemente los cuatro elementos de la sabiduría: sensación, intuición, imaginación y conocimiento. Por ésto algunos dicen que Antü es el más kimche. Pero Antü dice que él es el más luminoso de todos los pillán y que su luz encubre la luz de todos los demás y que cuando él resplandece los demás pillán ya no son visibles. Por ésto Antü dice que él es el más poderoso de todos los pillán al ser el más luminoso. Así dice Antü.

Pero en el wenumapu viven muchos otros pillán, y también hay muchas wangülén, aunque ellas queden más apartadas, como es justo. Así que el wenumapu es muy luminoso y en él hay luces con todas las formas y con todos los colores.

2. La grande batalla entre los pillán
 

Cuentan los más antiguos que al comienzo de los tiempos Antü decidió tomar una mujer y ella iba a ser su propia inandomo(8). Eso fue al comienzo de los tiempos y desde entonces ha transcurrido un tiempo tan largo que nadie puede medirlo.(9)

Muchas wangülén deseaban ser la inandomo de Antü, pues él es muy resplandeciente, y algunos creen que él sea el más resplandeciente de los antiguos pillán, y las wangülén son vanidosas, pues todas las domo son vanidosas. Así que muchas wangülén pensaban que iban a ser la inandomo de Antü. Antü que es muy kimche eligió a Küyén para que fuera su inandomo. Eligió bien Antü, pues Küyén es la más antigua y la más joven de las wangülén, y sobre todo es la más luminosa y resplandece por encima de todas las demás. Millán es el color de Antü y likén es el color de Küyén. Así que Küyén quedó muy feliz porque Antü, el muy poderoso y el muy resplandeciente, quiso que ella fuera su inandomo. Pero si Küyén era ahora feliz, muchas otras wangülén estaban decepcionadas y descontentas. 

Muchas wangülén aceptaron la elección de Antü y se conformaron con su voluntad. Pero también las hubo que criticaron con palabras duras y malvadas la elección de Antü. Al comienzo lo hacían hablando despacito y entre ellas; pero con el transcurrir del tiempo y como sus palabras no conseguían ningún efecto, empezaron a murmullar cada vez con más fuerza en contra de Antü, así que su descontento era como un río que crecía y crecía alimentado por las lluvias del pukém(10) y que tanto crece hasta que logra arrasarlo todo. Así hablaban muchas wangülén que se habían picado pues Antü no las había elegido a ella como inandomo.

Si algunas wangülén criticaban a Antü con palabras tan malvadas y duras es porque algunos pillán también lo quisieron y las animaron para que así lo hicieran. 

Pero tampoco había armonía entre los pillán, pues los celos y la rivalidad eran muy grandes. Enormes eran los celos y la rivalidad entre los pillán, así que tampoco había armonía en el wenumapu.(11) 

Sobre todo era Peripillán quien creaba más desorden en el wenumapu e impedía que hubiese la armonía necesaria. Peripillán es un espíritu antiguo muy luminoso y poderoso, como todos nosotros lo sabemos muy bien. Así como millán es el color de Antü, kelü es el color de Peripillán, que es también el color del fuego que lo incendia todo y que lo transforma todo en brasas, y que es también el color de la sangre que da la vida. Como el fuego y como la sangre, así es el color de Peripillán, que algunos dicen que es el más poderoso y el más resplandeciente de todos los espíritus antiguos y también dicen algunos que él es el más kimche(12)

Tal vez Peripillán estaba envidioso por el color de Antü, porque la llama no logra ennegrecer al oro. Tal vez Antü estaba envidioso por el color de Peripillán, porque en la obscuridad la llama reluce más que el oro. El hecho es que siempre hubo mucha guerra entre Antü y Peripillán y esa lucha comprometía la armonía de luces y colores del wenumapu.(13) 

Ya no había armonía en el wenumapu, pues los pillán y la wangülén rivalizaban entre ellos, así como no hay armonía en el pürún(14) cuando los kultrunfe(15) no tocan al unísono, sino que cada uno pretende llevar adelante su propio ritmo. Ya no había armonía en el wenumapu y aquello que antes que el tiempo tuviera su comienzo era un arco iris donde cada color tenía su justo lugar, se había convertido ahora en un caleidoscopio de colores sin son ni ton. Esto no estaba conforme con el admapu(16), pues antes que el tiempo tuviera su comienzo y que los espíritus más antiguos habitaran en el wenumapu, ya existía el admapu, porque es el admapu el que crea la armonía entre todas las cosas.

Antü se enfadó sobremanera por el atrevimiento de Peripillán. Los dos pillán se enfrentaron con todas sus fuerzas, y los demás pillán se unieron a ellos. Por eso en esos tiempos en el wenumapu hubo un grandísimo revuelo y como cada pillán se manifiesta quien con el fuego, quien con el agua, quien con el viento, quien con los rayos, quien con los truenos, ninguna cosa seguía su curso ni cumplía con su razón. 

Muchos pillán y casi todas las wangülén estuvieron al lado de Peripillán en su lucha contra Antü. Pero también hubo muchos pillán y algunas wangülén que se desplegaron al lado del espíritu del color del oro y combatieron aquello del color de la llama. La lucha fue muy grande. Muy grande fue aquella lucha, y muy larga, y muy violenta, así que todo el mapu(17) fue sacudido por ella, y también alcanzó al minchenmapu(18), y también al ankawenu, y lo revolvió todo. 

Se extendió tan largamente durante los tiempos, que los hijos de los espíritus antiguos alcanzaron a crecer hasta ser mayores, pues cada espíritu estaba compuesto por el fücha(19), la kusé(20), el wentru(21) y la domo(22)Dijo entonces el wentru: “¿Acaso no es hora ya de que entremos nosotros? Viejo es el chaw(23): ¡que me deje su lugar!”. Así habló el wentru. Dijo entonces la domo: “¿Acaso no es hora ya de que entremos nosotras? Vieja es la ñuke(24): ¡que me deje su lugar!”. Así habló la domo. Entonces los fotüm(25) lucharon en contra de sus padres y las domo püñéñ(26) lucharon en contra de sus madres y el grande revuelo que hubo entre los pillanes se convirtió en una lucha de fotümwén(27) y de püñeñwen(28).(29)

Dicen los mayores que Antü y Peripillán se enfurecieron aún más y agarraron a sus hijos, que eran unos gigantes, del mechón que coronaba sus cabezas. Entonces Antü y Peripillán se airaron aún más y agarraron a sus hijos, que eran unos gigantes, de los largos cabellos del centro de su cráneo. Entonces Antü y Peripillán se enojaron grandemente y zamarrearon varias veces a sus hijos, arrojándolos luego con fuerza abajo, y ambos cayeron por entre densas nubes sobre la pedregosa tierra(30)

Al caer, los enormes cuerpos de los hijos de los pillán arrancaban tremendos fragmentos de montañas y destruían las cumbres de los cerros. El uno se cayó del lado de puelmapu(31), donde hoy está el lago Lácar, y el otro del lado de lafkenmapu(32), donde hoy está el lago de Lolog. Sus macizos cuerpos al tocar tierra formaron grandes montañas y también grandes huellas en la superficie de la tierra. Eran gigantescos los cuerpos de los hijos de los pillán, pero se hicieron mil pedazos y éstos se enterraron profundamente, dejando inmensas profundidades que señalaban las huellas de estos gigantes del wenumapu.

Cuentan los antiguos que después de tanto luchar, Antü y los pillán que estuvieron a su lado prevalecieron. Entonces el castigo para Peripillán y los pillán que estuvieron a su lado fue terrible. Así cuentan los antiguos.

Terrible fue Antü y nada pudo mitigar su ira. Ciego fue Antü a todas las lágrimas. Cerró su corazón Antü a todas las súplicas. Sordo fue Antü a todas las palabras de arrepentimiento. Uno a la vez, agarró a los pillán traidores, ahora derrotados, y los arrojó con fuerza sobre la obscura superficie del wenumapu, así como los pillán los hicieron con aquellos fotüm que lucharon con sus propios chaw. Luego Antü pisoteó los cuerpos de los pillán derrotados y tendidos sobre la superficie del mapu, hasta que se hundieron en la superficie del mapu. Pero Antü siguió todavía aplastando a los pillán derrotados, hasta que penetraron en el vientre del mapu. Y siguió Antü empujando sus cuerpos destrozados, hasta que alcanzaron la profundidad del mapu.

Sin embargo la ira de Antü todavía no había cesado. Entonces levantó las piedras, y las rocas, y las montañas, y todo lo echó encima de donde estaban sepultados los cuerpos, así que se formaron grandes cadenas de cerros encima de los pillán vencidos, y como Peripillán era el más poderoso de todos ellos, más grandes son las rocas que Antü echó sobre su cuerpo.

No bastaron todas las piedras, todas las rocas, todas las montañas y todos los cerros para apagar la luz de Peripillán. Ni tampoco apagó aquélla de los otros pillán. Pero - así dicen los antiguos - ahora sus luces ya no tienen los diez y diez colores de antaño, sino que todas se han convertido en la luz del fuego. Ahora sus cuerpos de vez en cuando se revuelcan en las profundidades del vientre del mapu tratando inútilmente de arrancarse: y entonces el entero mapu se sacude por sus movimientos, hasta el afmapu(33), los límites de la tierra, más allá de los cuales no hay nada.

También dicen los mayores que tal vez los pillán derrotados tratan de huir de sus prisiones de rocas. Entonces sus cuerpos de llamas atraviesan las montañas hasta alcanzar las cumbres más elevadas, y por allí logran sacar un brazo o una mano y aquéllos se resbalan por los costados del cerro, como unas enormes culebras de fuego. Pero todo es inútil: no hay cómo evitar el castigo de Antü y sus cuerpos, en lugar de convertirse en luz y alcanzar como en un tiempo el wenumapu, se apagan y se convierten en piedra.(34)

Quiso Antü castigar también a las wangülén que con su envidia habían sido la causa inicial de tanto revuelo. Pero aquéllas se pusieron a llorar y a implorar su perdón. Tanto lloraban, que sus lágrimas alcanzaron el mapu y empezaron a deslizarse por las montañas que cubrían los cuerpos de los pillán vencidos como unas largas culebras de plata, hasta reunirse en grandes lagos. Y eran tan numerosas las wangülén que suplicaban el perdón de Antü y tantas sus lágrimas, que alcanzaron los límites occidentales del mapu y allí formaron un lago tan grande que no tiene término. Y cuando sus lágrimas cayeron en las cumbres más elevadas de las montañas, el frío las transformó en nieves y en hielos eternos.

Era grande la ira de Antü y él quería que su castigo fuera igualmente grande. Sin embargo no fue sordo frente al arrepentimiento de las wangülén. Así que no quiso castigarlas: pero sí quiso apagar gran parte de su luz, así que ahora su relumbrar es tan pálido y tenue que ya la luz de Küyén no tiene rivales cuando Antü se oculta detrás de aquellos lugares que están más allá de donde termina el mapu y también el grande lago occidental que no tiene término.

Lloran las wangülén vencidas al ver tan débil su propia luz: pero sus lágrimas son inútiles, porque no pueden devolverle su antiguo resplandor. Lloran las wangülén vencidas al ver tan débil su luz: pero sus lágrimas son necesarias, porque alimentan al mapu y le dan la vida.(35)

Entre los cuerpos destrozados que se revolcaban en el mapu, también estaban aquéllos de los hijos que se habían puesto en contra de los padres. Entre ellos estaban también los püñéñ de Antü y de Peripillán. Lloró Küyén por el cuerpo de su hijo. Lloró la domo de Peripillán por el cuerpo de su hijo. Lloraron las madres cuando vieron los cuerpos despedazados de sus hijos, y empezaron a lamentarse y a llorar. Sus lágrimas caían sin cesar y su pena aumentaba al ver que Antü en su furor mandaba abajo rayos de fuego, concluyendo de destruir los despojos de sus hijos. Pero, ¿qué podían hacer las dos madres? Sólo llorar y llenar con sus lágrimas los inmensos huecos y valles sin fondo que así se convirtieron en lagos.

Fue así que Pu-am se conmovió por las lágrimas de las ñuke y quiso que los dos cuerpos volvieran a llenarse de vida. Dicen los antiguos que si bien Pu-am permitió que volvieran a ser cosas enteras, sin embargo no permitió que recuperaran su forma antigua. Así que el hijo de Peripillán fue convertido en una inmensa culebra cuyo nombre es Koykoyfilú y fue así que el hijo de Antü fue convertido en una inmensa culebra cuyo nombre es Trentrenfilú. Y las dos culebras buscaron refugio en las profundidades del mapu y fueron adversarias, así como fueron adversarios Antü y Peripillán. Y fue así que las dos culebras se convirtieron en el instrumento a través del cual también se cumple la voluntad de los espíritus antiguos.(36) 

Aquella lucha había revuelto al ankawenu y al minchenmapu, así que los wekufe(37) y los laftrache(38), que hasta entonces habían quedado confinados en el minchenmapu, desde entonces recorren también el mapu y el ankawenu. Todo el wenumapu fue revuelto por la lucha entre los pillán y cesó su armonía y el admapu fue quebrado.

Quebrado fue el admapu y sin armonía quedó en universo, pues no hay armonía fuera del admapu.

Donde antes había orden, ahora hay tan sólo desorden ya que nada cumple con lo que tiene que cumplir. Grande fue la ira de Antü y de Peripillán, pero mucho más grande fue la ira de Pu-am cuando vio que ahora había tan sólo desorden, donde antes había orden, y que ya nada cumplía con lo que tenía que cumplir.

Entonces Pu-am intervino. Intervino Pu-Am y decidió cuanto tenía que decidir ya que nada podía mudar su decisión. Entonces todos los pillán, y las wangülén, y los ngen, y los el: todos sabían lo que Pu-am había decidido y todos participaron de su decisión pues el am de cada uno de ello era parte de Pu-am. Entonces Pu-am quiso que los ngen aseguraran el orden y que impidieran que una vez más pudiera producirse un revuelo tan grande. Entonces quiso Pu-am que cada espíritu quedara en su lugar y que Antü cumpliera cada día con su camino en el wenumapu y que Küyén también cumpliera con el suyo, y que cada otro espíritu cumpliera con cuanto el admapu había establecido para él.

Dicen los antiguos que se unió Antü con Küyén y tuvieron un hijo. Un hijo salió de la unión entre Antü y Küyén, y tuvo el mapu por morada. También los otros pillán se unieron a las wangülén y tuvieron muchos hijos y todos tuvieron el mapu por morada: algunas eran criaturas grandes y otras pequeñas; algunas tenían un larga cola y vivían en las aguas, otras tenías cortas piernas y vivían entre los matorrales y otras tenían alas o bien podían ser tan livianas como el viento así que éste las podía levantar arriba hacia el cielo.

3. La creación(39)
 
 Muchas de las criaturas engendradas por los pillán eran más fuertes o más veloces que los hombres: pero el primer hombre fue creado por Elche, el grande creador del hombre, el esplendoroso creador del hombre. Elche quiso crear al hombre para que hubiera quien alabara a los espíritus y celebrara los ngillatún y los recordara en sus palabras. Para eso Elche creó al primer hombre.

El primer hombre, sin embargo, vio que se encontraba solo en un inmenso mapu estéril y obscuro, bajo un cielo negro en el cual solamente brillaban las débiles luces de las wangülén.

Al primer hombre no le gustó su morada, pero por encima de todo lloró su soledad. Entonces se dirigió a Antü llamándolo chaw: “Todos los pillán se acompañan a una wangülén y todas las wangülén se acompañan a un pillán. Y también todas las extrañas criaturas que viven en las tierras, en las aguas o en los aires, cada una tiene su compañera. Solamente yo, que he sido el fruto de la creación de Elche, solamente yo que me vuelvo a ti que eres el más grande y el más relumbrante de los pillán y que te llamo chaw, ¿solamente yo tengo que sufrir por tanta soledad?”. Así habló el primer hombre cuando se dirigió a Antü, el más esplendoroso y reluciente entre todos los pillán. Pero Antü quedó mudo frente al rezo del primer hombre y no le dio contestación.

Al primer hombre no le gustó su morada, pero por encima de todo lloró su soledad. Entonces se dirigió a Küyén, llamándola ñuke: “Todos los pillán se acompañan a una wangülén y todas las wangülén se acompañan a un pillán. Y también todas las extrañas criaturas que viven en las tierras, en las aguas o en los aires, cada una tiene su compañera. Solamente yo, que he sido el fruto de la creación de Elche, solamente yo que me vuelvo a ti que eres la más grande y la más relumbrante de las wangülén y que te llamo ñuke, ¿solamente yo tengo que sufrir por tanta soledad?”. Así habló el primer hombre cuando se dirigió a Küyén, la más grande y la más relumbrante de las wangülén. Y Küyén escuchó cuanto se le decía y tuvo piedad por la soledad del primer hombre que la llamaba ñuke.

Dicen los antiguos que entonces Küyén eligió una entre las numerosas wangülén que Antü había castigado quitándole su esplendorosa luz. La que fue elegida por Küyén era una wangülén muy hermosa y fue enviada al mapu para que se acompañara al primer hombre. Cuentan los antiguos que entonces Küyén transformó la wangulén en un rayo de luz y este rayo de luz alcanzó la tierra, así que la wangülén cumplió con cuanto se le pidió: vino al mapu estéril y se convirtió en la primera mujer.(40)

En aquellos tiempos tan antiguos la superficie del mapu aparecía atormentada por altas cadenas montañosas y surcada por profundos valles en los cuales corrían impetuosos ríos, mientras las olas de los grandes lagos y mares iban a romperse en las playas. Pero en aquellos tiempos tan antiguos el mapu era desnudo y estéril y todavía no conocía el verdor de la hierba, ni tampoco el gris plateado del ciprés, ni tampoco el iris de las corolas de las flores. Tan sólo estaban la roca desnuda y la tierra árida que se extendían bajo un cielo y donde siempre era noche.

Entonces la primera mujer empezó a caminar. Caminó a lo largo de los valles y subió por los costados de los cerros, recorrió sin nunca cansarse las llanuras hasta alcanzar las orillas de todos los mares: y donde la primera mujer apoyaba su pie desnudo, entonces surgía un rayo de luz y la tierra ya no era estéril y en la huella de su pie brotaban hierbas y flores. Así ocurría porque la mujer engendra la vida.

También cuentan los antiguos que entonces la primera mujer rozó con sus dedos los delicados tallos del pasto y de sus dedos surgieron rayos de luz y los tallos crecieron en el acto y se multiplicaron y se convirtieron en robles y en pewén y en cipreses y en chilcos y en todos los árboles que moran en el mapu. Y también dicen los mayores que la primera mujer rozó con sus dedos las flores más livianas y de sus dedos surgieron rayos de luz y las flores crecieron y en el acto se convirtieron en pájaros y mariposas, en guanacos y huillines y en todos los animales que moran en el mapu. fue así que el mapu rebosó de vida y ya no conoció nunca más la esterilidad.

Todo estaba oscuro y la primera mujer estaba sentada en un zaguán. Fue así que la primera mujer tenía muchos deseos de ver a los frutos de su creación y entonces pidió que viniera Antü para alumbrar al mapu. Antü tuvo curiosidad por cuanto había obrado la primera mujer: quiso verlo y para admirarlo de mejor manera abrió un hoyo y a través de aquello asomó su rostro. Entonces ocurrió que el rostro de Antü es tan luminoso que toda la superficie del mapu fue cubierta de luz y de colores y de un tibio calor. Así que los hombres llaman Antü a la abertura a través de la cual pueden ver el rostro del más luminoso entre los pillán y su rostro es tan esplendoroso que ciega quien quiere mirarlo y entibia las flores y los mares, las forestas y las montañas y todos los animales. Entonces Antü se complació por la obra de la primera mujer y tanto la alabó y tanta fue su alegría que también Küyén tuvo la curiosidad de observarla. Pero Antü estaba muy celoso por la belleza del mapu y hubiese querido ser solamente él quien admirase todas las cosas maravillosas engendradas por la primera mujer.(41)

Sabemos bien cuán diestras y cabezudas pueden ser las mujeres. fue así que Küyén no renunció a su deseo. Esperó hasta que su esposo estuviera durmiendo y entonces también ella abrió una abertura en el cielo y a través de aquélla asomó su rostro y admiró al mapu. Así que los hombres llaman Küyén a la abertura a través de la cual pueden ver el rostro de la más luminosa entre las wangülén, que sin embargo es mucho menos esplendoroso que el rostro de su esposo y su color es el color de la plata y es frío, pues tan sólo la luz de Antü posee el ardor.

Desde aquellos tiempos Antü y Küyén se alternan para admirar al mapu y a sus criaturas a través de las aberturas que ellos mismos hicieron: así que siempre hay alguna claridad y el hombre y la mujer pueden caminar por la tierra.

También a Elche le gustó muchísimo la nueva morada del hombre. Tanto le gustó a Elche la nueva morada del hombre, que decidió que algún día aquélla iba a ser la morada de todos los espíritus. Entonces llamó al primer hombre y a la primera mujer y les dijo: “Algún día los pillán y todos los demás espíritus vendrán a vivir en el mapu. Hasta entonces vosotros seréis sus cuidadores, y así vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos, y así hasta el día cuando a nosotros nos parecerá bien venir a vivir en el mapu, junto con vuestros descendientes. Por lo tanto vosotros seréis los cuidadores del mapu: podréis alimentaros con sus frutos, pero respetaréis a la vida en todas sus formas. Cogeréis cuanto sea necesario para sustentaros, pero nada más, pues el mapu no pertenece a los hombres, sino a los espíritus”. Estas fueron las palabras que Elche dirigió al primer hombre y a la primera mujer.

Entonces a causa de la ira de Antü y de Peripillán se formaron las montañas y los mares y por la voluntad de Elche vino el primer hombre. Y por la benevolencia de Küyén hubo la primera mujer y a ella se deben los bosques y los animales y ella engendró la vida en el mapu que antes era estéril. Y fue así que el mapu se convirtió en una morada hermosa y viva y que los hombres recibieron de los espíritus el encargo de ser sus fieles cuidadores.

4. Los Peñi Epatun y el tiempo de los lituche

El primer hombre y la primera mujer vivieron en el mapu y poblaron las llanuras, las montañas y las orillas de los lagos y de los mares. Las montañas, las llanuras y las aguas obedecieron al mandato de los ngen y ofrecieron sus frutos a la primera pareja de hombres: así que ellos pudieron satisfacerse y no padecieron privaciones.

Se unieron el primer hombre, creado por Elche, y la primera mujer, wangülén convertida en la compañera del hombre. Cuatro veces se unieron el primer hombre y la primera mujer y cada vez engendraron cuatro mellizas. Diez y seis fueron las hijas del primer hombre y de la primera mujer - así cuentan los antiguos - y también dicen que aquellas se unieron con los animales más valientes y prestantes para engendrar descendientes. 

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Con el mañke(42) se unió la primera hija de la primera pareja y Antümañke fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el pangi(43) se unió la segunda hija de la primera pareja y Melipangi fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el choike(44) se unió la tercera hija de la primera pareja y Lefchoike fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el nawel(45) se unió la cuarta hija de la primera pareja y Fuchanawel fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el lwan(46) se unió la quinta hija de la primera pareja y Millalwan fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el ngurü(47) se unió la sexta hija de la primera pareja y Pailangurü fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el ñamku(48) se unió la séptima hija de la primera pareja y Lefñamku fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el wala(49) se unió la octava hija de la primera pareja y Likanwala fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el kawkaw(50) se unió la novena hija de la primera pareja y Antükaw fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el chori(51) se unió la décima hija de la primera pareja y Lafchori fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el wilki(52) se unió la undécima hija de la primera pareja y Katrüwilki fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el wiña(53) se unió la duodécima hija de la primera pareja y Millawiña fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el dewü(54) se unió la decimotercera hija de la primera pareja y Kurdewü fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el lame(55) se unió la decimocuarta hija de la primera pareja y Konlame fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el kerew(56) se unió la decimoquinta hija de la primera pareja y Paikerew fue el nombre de su primer hijo. 

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Con el pingüike(57) se unió la decimosexta hija de la primera pareja y Punpingüy fue el nombre de su primer hijo. Así se originaron los linajes. (58)

Otras veces se unieron el primer hombre y la primera mujer y otras veces engendraron por cuatro veces cuatro hijas: y éstas se unieron con los pillán y todas tuvieron descendencia. Así se originó el linaje de Katrüpil, el de Maripillán, el de Melipillán, el de Nawelpillán, el de Pillanpel, el de Raypillán, el de Ranpillán, el de Rumeypillán, y ocho más.

Otras veces se unieron el primer hombre y la primera mujer y otras veces engendraron por cuatro veces cuatro hijas: y éstas se unieron con la neblina y con las piedras, con la lluvia y con los ríos, con la pluma y con las flores, con el cielo y con las rocas, con el sol y con los ríos, con la tierra y con las frutillas, y todas tuvieron descendencia. Así se originaron los linajes de Adyentantü y el de Trayllanka, el de Antilef y el de Remulnkoy, el de Raymapu y el de Millalonko, el de Kallfücoy y el de Kintunllanka, el de Katelikán y el de Peranchiguay, el de Kelüfor y el de Millakew, el de Kallfükura y el de Marilawén, el de Weichipirén y el de Kurüpichúñ. 

Peñi Epatún: así se llamaban los hijos de las hijas del primer hombre y de la primera mujer, según cuanto cuentan los antiguos.(59)

Fue así que cada una de las hijas de la primera pareja pudo tener su propia descendencia: cada una tuvo hijos e hijas y los unos y las otras tenían aspecto humano, pero también poseían los poderes heredados por el ser que empalmó su madre.

Los nietos y las nietas del primer hombre y de la primera mujer se unieron y tuvieron hijos y los hijos de sus hijos crecieron y tuvieron hijos, hasta que el mapu fue poblado por los descendientes de quien fue creado por Elche y de su compañera: éstos fueron los lituche(60), el pueblo del origen.

En paz vivían los lituche, fieles custodios del mapu. Obedecían el mandato de Elche y de los pillán: respetaban a la vida en todas sus formas y cogían solamente lo que era necesario para sus necesidades, sin abusar de cuanto ofrecía la llanura, la montaña y el agua. fue un tiempo feliz. Feliz fue el tiempo de los lituche, cuando conocían el lugar donde Antü daba comienzo a su camino y aquello donde le daba término! Feliz fue el tiempo de los lituche y sin embargo llegó el día cuando ese tiempo tuvo su fin. Las mujeres tuvieron la culpa de que eso sucediera.

Llegó en fin el tiempo cuando las mujeres ya no quisieron hacerle caso a los hombres y ya no quisieron respetar sus órdenes y tampoco la voluntad de los espíritus. Las mujeres en lugar de conformarse con lo que las tierras y las aguas les ofrecían, quisieron herir a la tierra misma, labrando el surco en ella y poniendo en el surco la papa. Querían las mujeres que la tierra produjera según su voluntad y no aceptando ellas mismas la voluntad de la tierra.(61) 

Abandonaron las mujeres la devoción que se les debía a los pillán. Abandonaron las mujeres la celebración de los ngillatún(62) sagrados. Prestaron las mujeres mayor atención a la voluntad de Ngenemapu, protector de la tierra y de sus frutos, que a la voluntad de Ngenechén, protector de los seres humanos. 

Dicen los antiguos que entonces Ngenechén dio una señal y desde el cielo cayó una pillán toki(63): fue para amonestar a los hombres y para que ellos se acordaran del pacto que los vinculaba a los antiguos espíritus. Muchos vieron caer la pillán toki, porque vino de noche y bajó desde el cielo con un sonido como silbido. Era incandescente y su color era el color de Antü y dejaba a su pasar una cola luminosa que muy pronto se desvanecía. Se precipitó al suelo con grande fragor. Los hombres hallaron el mensaje de Ngenechén, pero se había convertido en una piedra negra y brillante.

Eso no fue suficiente para que los hombres entendieran. Entonces Ngenechén hizo oír nuevamente su voz y su mensaje llegó desde el cielo con mucho clamor. Llegó hasta el mapu e incendió una foresta. Su mensaje se rompió en diez y diez fragmentos de piedra, el mayor de los cuales tenía la forma de un hombre y por esta razón desde el tiempo antiguo de los lituche fue llamado chelkura(64): ésto es cuanto relatan los mayores.

Muchos vieron la chelkura. Muchos fueron testigos de la ira de Ngenechén. Pero no por eso renunciaron las mujeres a sus insanos propósitos. Al contrario: creció su atrevimiento y ya no se conformaron con herir la tierra para introducir en ella la semilla y obligarla a producir según su voluntad, sino que la ofendieron cercándola con quinchos. Al comienzo lo hicieron para que los animales no pisaran las pequeñas plantas y no arrancaran sus frutos, pero luego lo hicieron para que los otros hombres no pudieran gozar libremente de los frutos que la tierra engendraba. Gravísima fué la culpa de las mujeres que pretendieron que la tierra fuera su propiedad, cuando la tierra pertenece a los antiguos espíritus, así como lo estableció el pacto con Elche.

Entonces cuentan los mayores que los hombres tuvieron miedo del castigo de Ngenechén y quisieron ellos mismos castigar a sus mujeres. Así que acordaron entre ellos y durante una noche mataron a todas las mujeres utilizando sus pesadas hacha de piedra y sus cuchillos de obsidiana. Todas las mujeres fueron matadas en aquella terrible noche: solamente se salvaron las más jovencitas, aquélla que todavía no habían conocido al hombre y tampoco tenían la edad para conocerlo.

Cuando los hombres castigaron a las mujeres porque dejaron de celebrar los ngillatún y de ofrecerles a los antiguos espíritus cuanto se les debía y porque quisieron adueñarse de la tierra, una mujer logró escapar. Dicen los antiguos que si ocurrió eso, es porque ésta era la voluntad de los espíritus. Vivía a la orilla del lago de Huillinco, tan largo y estrecho, y se salvó porque pudo cruzarlo nadando y así alcanzar la otra orilla y ponerse a salvo.(65)

Mientras la mujer nadaba en las aguas heladas del lago, una enorme culebra se envolvió alrededor de su cuerpo y la poseyó. Esa serpiente era Koykoyfilú, hijo de Peripillán, el cual vive en las profundidades del mapu, igual que su padre, pero que tiene la posibilidad de salir y de nadar en las aguas profundas de los mares y de los lagos. Fue así que la culebra poseyó a la mujer y ésta recibió su ayuda y por eso pudo ponerse en salvo.

La mujer se quedó escondida en la foresta y el tiempo transcurrió. Cuando llegó el momento que tenía que cumplirse, la mujer tuvo mellizos. En el acto mismo en que la mujer vio a las dos criaturas que había parido, tuvo un grande terror, pues los dos pichiche no tenían la piel como su madre y su gente, sino que era totalmente blanca. También su cabello era del color de Küyén y los ojos eran igualmente pálidos, sin ninguna traza de color. Su blanca piel era tan transparente que era posible divisar a través de ella la sangre que palpitando recorría las venas. Tuvo mucho terror, esa mujer, porque tan sólo Küyén que es la más luminosa entre todas las wangülén tiene la piel del color de la leche. Así que tuvo miedo la mujer por haber parido dos mellizos cuya piel tenía el mismo color que el de la esposa de Antü. Así que ofreció a Antü sus pichiche(66) y los sacrificó.(67)

Entonces dicen los antiguos que Koykoyfilú regresó nuevamente y una vez más poseyó a esa mujer. Y cuando se cumplió el tiempo que tenía que cumplirse, la mujer parió, pero esta vez su pichiche tenía la piel muy obscura y los ojos negros y sus piernas era cortas y deformes y sus brazos extraordinariamente largos. Parecía muy frágil ese pichiche, y deforme: sin embargo era fuerte y firme como la roca. Se alegró la mujer por su criatura y Thrauco fue el nombre que le pusieron.

Fué así que el Thrauco nació y creció escondido en la foresta de Huillinco. Hijo de Koykoyfilú y de la violencia, él también creció violento. Nieto de quien desafió Antü, también el Thrauco creció sin tener respeto alguno por la voluntad de Antü y de los demás pillán. Sin embargo, su desobediencia en realidad fue tal porque aquello era el deseo de los antiguos espíritus: así que el Thrauco fue el instrumento de su voluntad.

5. Al Sol y los füchawitranche

Tremenda fue la matanza de las mujeres. Horrible fue aquélla matanza, cuando se salvaron tan sólo las pichi domo(68) que no habían conocido nunca al hombre. Crecieron las pichi domo que no habían sido castigadas cuando los hombres mataron a todas las mujeres. Crecieron y se volvieron mujer, crecieron y parieron hijos, crecieron y sin embargo cada vez se parecieron más a sus madres. Las pichi domo que ahora se habían vuelto mujeres, seguían hiriendo la tierra para poner la semilla y pretender que la tierra diera frutos según la voluntad de ellas y no según la voluntad de Ngenemapu. Los hombres al comienzo reprocharon con ásperas palabras el comportamiento de sus mujeres. Duras fueron las palabras, pero muy blandos fueron los castigos, así que las mujeres porfiaron.

Porfiaron las mujeres y pronto se resignaron los hombres, y luego se complacieron, porque hallaron que esa nueva vida era más cómoda. Fué así que también los hombres empezaron a levantar quinchos para cercar a la tierra y para impedir que otros hombres pudieran gozar libremente de sus frutos. Fue así que también los hombres quisieron decirse dueños de la tierra y llegaron a matarse entre ellos para tomar posesión de lo que no podía pertenecerles. fue así que las mujeres dominaron sobre los hombres. Por lo tanto, los pillán decidieron castigar a los lituche.

Cuentan los antiguos que entonces se produjo una grande mortandad entre los lituche. Muy pocos quedaron fuertes y sanos. Los recién nacidos al poco tiempo se tornaban ciegos y los jóvenes morían en gran número porque eran débiles y sin energías y sólo podían vivir en llanuras o valles, pero no en las alturas. Se sentían perdidos porque su vida era muy pobre y solitaria.(69) 

Dicen los mayores que en aquellos tiempos vino a verlos Al Sol, que era un grande maestro y también era un grande machi(70), el cual quería alegrar a la gente enseñándoles cosas útiles: les regaló el fuego y les enseñó a fabricarse enseres para poder cazar y pescar. Proveyó de trajes a sus cuerpos desnudos y les enseñó a conocer las plantas medicinales y el tratamiento de los enfermos y heridos.

Entonces Al Sol hizo muchas cosas buenas para los lituche y ellos se alegraron por todos los dones recibidos. También Al Sol enseñó a los lituche como agradecer los espíritus por cuanto ellos donaban a los hombres, y también les enseñó como realizar los ngillatún. Pero los lituche cogían los frutos de la tierra y de las aguas sin agradecer por cuanto habían cogido y trascuraban de celebrar los ngillatún.

También Al Sol amonestó a los lituche para que respetaran la voluntad de Ngenemapu y no violaran el mapu y no pretendieran que la tierra diera sus frutos según su voluntad. Pero no le hicieron caso los lituche a las palabras de Al Sol.

Los lituche dejaron de sentirse solitarios, pero seguían albergando un gran temor a las montañas boscosas y no querían llegar hasta sus entrañas: les parecía que el aspecto de los bosques fuera muy siniestro. Los lituche se sentían expuestos a grandes peligros desconocidos y sólo amaban las aguas de los valles y confiaban en ellas. Los únicos que no tenían miedo a la montaña eran los mawidanche(71)

Cuentan los antiguos que en aquellos tiempos sucedió que el maestro llevó a un grupo de mawidanche a la falda del Chapelko(72). Allí llevó Al Sol a los mawidanche. Entonces levantó su puño, que era firme y duro, y golpeó una roca muy grande. Los mawidanche fueron testigos de cuanto sucedió: con sus propios ojos ellos vieron como Al Sol golpeaba la roca con su puño y con sus propios oídos ellos escucharon las extrañas palabras que pronunció Al sol. Muy extrañas fueron aquéllas palabras, ni había quien pudiera entenderlas.

También fueron testigos los mawidanche de cuanto sucedió. Entonces vieron que en el acto la montaña se abrió: se abrió y vieron que sus entrañas ocultaban un abismo negro y profundo, que no tenía fondo. Otra vez Al Sol pronunció unas palabras misteriosas, y entonces grandes masas rocosas cayeron a lo más profundo. Por cuatro días y por cuatro noches cayeron grandes piedras desde la bóveda de la cueva, hasta llenar el profundo abismo que no tenía fondo. Azules eran las piedras que llenaba el abismo sin fondo, así que Kallfütral(73) fue el nombre que dieron al abismo.

Se llenó el abismo: entre la pared más profunda de la grande cueva y la ladera de la montaña ahora se extendía un pedregal con el color del cielo en lugar del abismo con el color de la noche sin luna.

Entonces Al Sol penetró en la cueva, cruzó el pedregal y alcanzó la pared más profunda y otra vez extendió su brazo y golpeó la roca lisa, y la roca lisa se abrió con largas hendiduras y por aquéllas aberturas salieron nuevas gentes. Estaban completamente desnudos aquéllos seres extraños y su aspecto era horrible: eran gigantescos así que fueron llamados füchawitranche(74). Desde Chapelko vinieron los füchawitranche y fue por la voluntad de Al Sol que los gigantes conocieron la luz de Antü. Esto es cuanto cuentan los antiguos. 

También dicen los mayores que los füchawitranche tenían su propio lonko(75). Bastaba tan sólo verlo para entender que su lonko era mucho más fuerte que todos ellos, aunque su tamaño fuera pequeño, pues era el Thrauco, hijo de Koykoyfilú, hijo de Peripillán, que es señor de las montañas y anda apoyado sobre su bastón de tejo. 

Así vinieron al mapu los füchawitranche, y con ellos también salieron muchos animales salvajes que nunca nadie había conocido antes de aquel entonces pues eran animales que el wekufe, el espíritu malvado, había desfigurado y convertido en imbunches(76).

Cuentan los antepasados que ellos eran los monstruos de la creación y que como tales los aislaron en los desiertos de piedra de la cordillera. También cuentan que a causa de los füchawitranche sucedieron muchos males y de los animales salvajes y hasta de los grandes pájaros que se atrevían a atacar a la gente pequeña de los valles: los herían para devorarlos después y les raptaban los niños. Al Sol no quiso ejercer algún poder sobre los gigantes y sus animales y permitió que arrasaran con los lituche.

Entonces se arrepintieron los lituche y prometieron celebrar los ngillatún y no olvidar ofrecer a los pillán y a los ngen su parte, según cuanto tenía que cumplirse. Cuando los pillán vieron el arrepentimiento de los lituche, exterminaron gran parte de los gigantes y sus huesos se encuentran profundamente enterrados en el suelo.

Sólo el Thrauco siguió viviendo y de vez en cuando se le veía balancear su bastón sobre los abismos que sostienen las montañas. Su aspecto es muy velludo y tiene una larga barba roja que alcanza hasta sus pies.

Pero ocurrió que nuevamente los lituche se olvidaron del mandamiento de Elche y de los pillán. No les rezaban ni los recordaban más. Otra vez se olvidaban de celebrar los ngillatún cuando correspondía celebrarlos. Se comían las karekaré(77) y no las despedazaban vivas en cuatro partes mirando hacia puelmapu, ni tampoco las quemaban. Todo se comían, hasta el corazón, y nada dejaban para los pillán. Entonces los pillán castigaron nuevamente a los lituche y con mucha más severidad que antes, pues habían visto que los anteriores castigos no habían sido suficientes.(78)

Cuentan los antiguos que algunos pillán que vivían en unas cuevas comenzaron a tirar rocas de fuego. De las cuevas salía un polvo negro que todo lo tapaba y las piedras ardiendo cruzaban los valles: tanto era el ruido y el polvo que había, que nada se podía ver. Ocurrió entonces que la montaña azul, que era muy alta y estaba cubierta de hielo, empezó a darse vuelta para afuera. Tiraba de todo: barro, lava, fuego, humo. Las aguas congeladas empezaron a hervir. Los pillán lanzaban rocas de un lado para otro. Tronaban los volcanes y los rayos iluminaban el cielo. Mientras tanto, Antü dormía.

Los animales escapaban para todos lados y no hallaban dónde guarecerse. Seguían volando las piedras ardientes y los rayos de fuego hacían que fuera día. La tierra se partía y por los huecos caían ardiendo los animales y los árboles. En aquellos tiempos, el wenku era fuerte como un árbol, pero se lo tragó la tierra ardiente. Algunas plantas se agarraban de las piedras para sostenerse y así quedaron. Otras se colgaban de los árboles y todavía no quieren dejarlos. Por la grande lucha murieron árboles y animales. El hielo hervía, las rocas chorreaban fuego y lava, el agua corría por todos lados. Todo cambió de lugar. Unos cerros aplastaron a otros cerros, la tierra se tragó muchas montañas y donde había un río se formó un lago.

Dicen también los antiguos que el Thrauco, cuya sangre es la misma sangre de Koykoyfilú, se subió encima de una montaña y que Ngenmawida, el espíritu de la montaña, estaba también allí. Entonces el descendiente de Koykoyfilú se puso a gritar: “voy a bailar sobre las piedras. Voy a tirar con las rocas del volcán”. Y así empezó una grande batalla entre el Thrauco y Ngenmawida. Vino también Wedá Küref Wekufe: él quería pelear con el Thrauco y entonces hizo que se largara la tormenta con todos los espíritus y comenzó a rugir y aullar y todos los espíritus salieron y comenzaron a pelearse entre ellos. Se pelearon entre ellos, el Thrauco y Wedá Küref Wekufe, porque fue así que los pillán castigaron a los lituche.

Entonces Wedá Küref Wekufe empezó a tambalearse porque su enemigo, el feroz Thrauco, tenía mejor puntería, y después ocurrió que una enorme roca vino despeñándose y rodó hacia el abismo, arrastrando al Wedá Küref Wekufe. Así ya no tenía donde sostenerse y empezó a caer. Estaba solo, sin otros espíritus que le ayudaran. Rodaba y no se podía asir de la montaña y sus enormes brazos no se podían agarrar de nada, ni tampoco de las salientes rocosas, pues todo ardía y quemaba. Todo había sido incendiado por él mismo. Ya caía al abismo cuando lo salvó su barba. Era larga, tan larga como la montaña. Mientras se caía, se iba enredando entre los abrojos y las enredaderas: eso fue abajo, donde había poco fuego, mientras más arriba los rayos saltaban entre las nubes. El odio de los wekufe arde siempre como un fuego que no se extingue. Así que el Thrauco le estaba ganando al Wedá Küref Wekufe, que caía y no hallaba de dónde prenderse. Pero un árbol de raíces muy fuertes que había crecido entre las rocas sujetó su barba: era el ñire, que se había apretado contra una ladera. Así que cuando ya caía, se salvó el Wedá Küref Wekufe.

Después que ocurrió todo esto, el mapu quedó totalmente destrozado y hasta Antü ya no quería salir a iluminar el campo: parecía que lo había olvidado. Entonces se arrepintieron los lituche y prometieron celebrar los ngillatún y no olvidarse de los pillán y cuando los pillán vieron el arrepentimiento de los lituche, cesaron su lucha.

Otra vez vino Al Sol para socorrer a los lituche. Cuentan los mayores que el primer machi subió al wenumapu y anduvo en búsqueda de Antü y lo encontró y le pidió que volviera a recorrer su camino en el cielo. Entonces Antü no fue sordo a las palabras de Al Solo y volvió a recorrer su camino en el cielo, y también el agua de las nubes volvió a dar la vida y también el mapu volvió a producir sus frutos. Y así hubo nuevamente un tiempo feliz.

Sin embargo no tuvo larga duración ese segundo tiempo feliz de los lituche. Hombres y mujeres tuvieron la culpa de que así fuera, pues otra vez se olvidaron de los pillán y descuidaron la celebración de los ngillatún.

Vino un hombre anciano y reprochó los lituche por su ingratitud. Con harapos vestía ese anciano y sucio era su pelo y muy flacos eran sus brazos y muy débil sus pasos. Vino un hombre anciano y los reprochó y les pidió algo para placar su hambre. Pero los lituche se rieron del anciano, pues era muy haraposo, y se hicieron mofas de sus palabras de reproches y le negaron la comida. Fue así que el viejo regresó de donde había venido: pero antes de irse, pronunció las palabras proféticas que dentro de poco tiempo iban a cumplirse. No escucharon los lituche la voz del profeta y lo menospreciaron porque lo vieron vestido con harapos y así ellos mismos decidieron su propio castigo.

Dicen alguno que el mismo Trentrenfilú vino para amonestar los lituche. Pero ellos tampoco le hicieron caso a las palabras sabias de Trentrenfilú.

6. La hija del Thrauco

Violento es el Thrauco, hijo él mismo de la violencia. El Thrauco, hijo de Koykoyfilú, hijo de Peripillán, es pequeño y deforme. Su talla no alcanza el pecho de un hombre y sus pies son deformes: no tienen dedos ni talón y se asemejan a dos muñones que lo obligan a caminar de forma insegura y siempre apoyándose en un bastón nudoso y torcido cuyo nombre es paweldún(79)Vive escondido en los bosques, pero no se aleja nunca de las aguas, que son la morada de su padre.(80)

Al contrario que los hombres, al Thrauco no le agrada caminar en el suelo: prefiere pasearse entre las ramas más grande de los árboles, que trepa con inesperada agilidad.

El Thrauco es muy ágil: muy ágil es el Thrauco pero ello no es nada cuando se la compara con su fuerza. Con su burda hacha de piedra - ¡tan mal acabada y tan diferente de las nuestras, que vienen alisadas largamente con la arena hasta que se ponen agradables cuando la yema del pulgar se desliza sobre su superficie! - logra derrumbar cualquier árbol, tanto un elevado ciprés cuanto un poderoso alerce, tanto un roble torcido cuanto un pewén(81) perfumado. Viste solamente un corto mantel de wiñi(82) y cubre su cabeza, tan grande y desproporcionada cuando se la compara a su cuerpo enano, con una capucha terminada en punta. 

El Thrauco es un grande amador. Quedándose escondido entre los matorrales, acecha a las jovencitas y cuando se topa con una mujer que enciende sus deseos, entonces recurre a sus poderes mágicos y aprovecha del sueño de la malén(83) para introducirse en aquello y le sugiere imágenes amorosas: es así que la muchacha se enciende de un deseo igual y se vuelve fácil presa de sus mañas. El Thrauco logra fácilmente satisfacer sus deseos, porque, no obstante su torpe figura, resulta poseer un extraordinario atractivo para las mujeres más jovencitas, que de ninguna manera logran resistir a sus ofrecimientos amorosos. Y si acaso no logra satisfacer su deseo con el arte del encantamiento, entonces lo satisface con su fuerza, pues no hay ni mujer ni hombre que pueda resistirle. Con su paweldún el Thrauco sopla su presa y la deja preñada. Luego de satisfecho su deseo, se olvida de ella y ya no vuelve más a molestarla.

Bien diferente se porta el Thrauco con sus enemigos o con quien tiene la desventura de toparse con él. El hijo de Koykoyfilú y nieto de Peripillán, simplemente clava sus ojos en el desdichado y éste a veces muere en el acto, y otras veces queda con su rostro irremediablemente torcido y vuelto hacia su espalda y de todas las maneras se muere en pocos meses.

El Thrauco es muy temido. Justamente es muy temido el Thrauco, tanto por las jovencitas, cuanto por todos los seres humanos. Y por ésto mismo es frecuente que los pillán recurran al Thrauco para que sus castigos se cumplan.

Cuentan los antiguos que un día ocurrió que una jovencita muy hermosa se acercó a la orilla del mar: eso sucedió en la playa de Chequián. La tarde era apacible y tibia y a la niña le entró un enorme deseo de bañarse en el agua. Se metió en las olas que se quebraban entre las piedras y entonces la alcanzó el Thrauco que ya desde buen rato la estaba acechando entre las quilas de la playa. La jovencita trató de resistirle, pero todo resultó inútil. fue inútil su intento de defenderse, de nada le sirvió gritar, llorar, maldecir. El Thrauco la poseyó hasta que su deseo estuvo satisfecho: entonces se alejó, dejándola tirada encima de la playa arenosa. 

La malén volvió a su ruka(84) y allí sus padres trataron de confortarla. Transcurrieron nueve meses desde aquel día y entonces la joven tuvo una niñita muy hermosa. Jamás se había visto en toda la isla de Quinchao una niña tan hermosa como la hija del Thrauco. Eso es lo que cuentan los antiguos.

Dicen los antiguos que nunca hubo en la isla de Quinchao una niñita tan hermosa y tan querida por su mamá y por sus abuelos como la hija del Thrauco. Pero también dicen los antiguos que esa niñita era tan bonita que el mismo Koykoyfilú, cuando la vio, quedó tan maravillado por su belleza que deseó en el acto poseerla.(85)

Ocurrió que de vez en cuando la hija del Thrauco se bañaba en las aguas del canal que separa la playa de Chequián de la isla de Caguach. En una de esas, Kaykoyfilú estaba acechando y la vio y quedó impresionado por la belleza de la niña, que todavía no tenía edad para ser poseída.

Pero el tiempo transcurrió y llegó la temporada en que la hija del Thrauco alcanzó la edad para conocer a un hombre, y también había crecido en belleza. Entonces Koykoyfilú la describió a su padre, el ardiente Peripillán, y tan bien describió la dulzura y la hermosura de la niña que el padre suyo, aunque nunca la hubiera visto, sin embargo, la deseó intensamente y quiso poseerla. 

Cuentan los antiguos que entonces Peripillán envió al Thrauco como werkén(86). El Thrauco se fue como werkén a la ruka de su hija y en el sueño le habló a su madre: “Un maravilloso hado espera a nuestra hija. Ella será la inandomo de Peripillán, el poderoso espíritu del fuego, y se irá con él para vivir juntos en las profundidades de la tierra. Prepara a nuestra hija, porque al cabo del cuarto día desde hoy vendré a buscarla”.

Así habló el Thrauco en el sueño a la madre de su hija. Pero ya durante el sueño la madre se desesperó y cuando a la mañana siguiente se despertó, su desesperación creció mucho más, bien comprendiendo el sentido del perimontún y conociendo bien que cuando los pillán quieren algo, lo consiguen siempre.

Entonces con su corazón hinchado por el dolor y la desesperación, se dirigió a Ngenmapu y pidió su socorro. Pero Ngenmapu nada podía hacer para oponerse a la voluntad de Peripillán, que reclamaba el fruto de su sangre. Entonces la madre se dirigió a los otros pillán, y también a los ngen, pero inútilmente, pues todos la abandonaron en su dolor. Al fin se dirigió también a Ngenechén, quien dirige los destinos humanos: pero otra vez sus rezos fueron inútiles, porque los pillán habían decidido castigar a los lituche porque ellos se habían olvidado de su pacto con Elche y en lugar de ser los cuidadores del mapu, pretendían adueñarse de aquello.

También la mujer pidió la ayuda de Antü, el esplendoroso enemigo de Peripillán cuyo color es el color del oro. Pero tampoco Antü podía oponerse a la voluntad de todos los pillán, pues entre todos habían decidido que el hombre merecía el castigo. Sin embargo el rezo de la mujer no fue del todo inútil, pues